Un árbol crece en Brooklyn

Lumen. Barcelona (2008). 505 págs. 21,90 €. Traducción: Rojas Clavell.

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En un momento de esta novela la protagonista, la niña Francie, tiene una entrevista con una de sus maestras a propósito de unas redacciones que la niña ha escrito. La maestra le dice que no se debe de escribir de cosas reales y mucho menos sórdidas; que la belleza está en otros temas mucho más delicados. Francie, que había contado en esas narraciones algunos episodios de su vida en Brooklyn, decide no volver a escribir, pues ella piensa que la auténtica literatura es la que parte de las experiencias más humanas, por muy duras que sean.

Y este libro es, quizás, la posterior respuesta de la protagonista a aquella conversación. Por supuesto, dice Betty Smith (1896-1972), conocida escritora norteamericana de los años cuarenta, que también la belleza reside en los barrios pobres, en vidas desarraigadas, en familias con problemas económicos. Un árbol crece en Brooklyn describe la vida de la protagonista, Francie, una niña de diez años, y todo su microcosmos: sus padres, sus hermanos, sus tías y abuelos, los vecinos…, en definitiva, la vida en Brooklyn en las primeras décadas del siglo XX.

Francie vive en un barrio humilde de Brooklyn; su padre, excelente personaje, padece un intermitente alcoholismo que hace estragos en su vida; la madre, Katie, una luchadora tenaz, no ceja en su empeño de sacar su familia adelante, a costa de su propio descanso. Pero Katie lo tiene claro: sus hijos asistirán a la escuela y tendrán la posibilidad de cambiar de vida. Esa constancia se transmite a sus hijos, que aprenden con las aristas de la vida, con el hambre y las numerosas dificultades, mientras descubren en la escuela y en la lectura la existencia de otros mundos y sentimientos.

Puede pensarse, con estos ingredientes, que estamos ante la típica historia de niña de familia pobre contada con el tono empalagoso de algunos de estos relatos. Y no es así, ni mucho menos. La historia es ésa, pero la narración desprende verosimilitud por todos sus poros. Los personajes principales y secundarios son de carne y hueso; no se ahorran temas espinosos, que son tratados con un eficaz realismo; la autora critica la situación de las escuelas a principios de siglo y la indiferencia de muchas de las maestras; la pobreza provoca a veces deprimentes y deshumanizadas escenas, etc.

Pero todo esto junto, más la tranquila descripción de la vida cotidiana del barrio -sus tiendas, entretenimientos, fiestas, oficios…-, entretejen la vida de Brooklyn, lugar que para la autora encierra la clave de aquellas existencias. Casi al final del libro, cuando Francie se dispone a cambiar de residencia, la autora resume así los sentimientos de la protagonista: “Era una muchacha de Brooklyn, con un nombre de Booklyn y la forma de hablar de Brooklyn. No quería convertirse en un mosaico de trocitos de piedra traídos de aquí y de allá”.

Un árbol crece Brooklyn se publicó en 1943 y tuvo una excelente acogida. En 1944, Elia Kazan se estrenó en el mundo del cine con la adaptación de esta novela.

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