Un mundo sin fin

Plaza & Janés. Barcelona (2007). 1.135 págs. 29,90 €. Traducción: ANUVELA.

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Animado quizá por la boga actual de estos productos, Ken Follett revisita la Edad Media de halloween que le convirtió años atrás en un fenómeno de ventas con Los pilares de la Tierra. La acción de Un mundo sin fin arranca en 1327, en la mañana de Todos los Santos: “Por consiguiente, la víspera había sido noche de difuntos [!], azarosa ocasión en que los espíritus malignos vagaban malamente por doquier”. La pequeña Gwenda, de familia menesterosa, traba amistad con los dos hijos del caballero sir Gerard, Merthin y Ralph, y con Caris, la simpática hija de un comerciante.

A partir de aquí, y a lo largo de treinta y cuatro años, Ken Follett implica a los lectores en una vasta red de intrigas y ambiciones en la que sobresale la personalidad de Caris. Ella y su amante Merthin, hábil ingeniero, toman la bandera del progreso de Kingsbridge frente al inmovilismo clerical representado por el prior Godwyn y la prepotencia de los nobles encarnada en Ralph. Merthin logra un gran éxito construyendo el nuevo puente de la villa. Pero Godwyn consigue procesar a Caris por brujería, lo que obliga a esta a tomar los hábitos para eludir una segura condena a muerte.

Asqueado, Merthin marcha a Florencia. Allí consigue hacer fortuna, mientras Caris va escalando puestos en una institución en la que no cree pero que le permite dedicarse a su vocación médica. Ralph, por su parte, se convierte en señor feudal y en la pesadilla de Gwenda y de su esposo Wulfric. Cuando se declara la peste negra en Italia, Merthin vuelve, ya viudo, a Kingsbridge. La terrible epidemia acaba con la vida de muchos de los actores del drama, pero las intrigas continúan. No obstante, todo acaba como en los mejores cuentos de hadas.

En conjunto, este hinchado texto, vendido como continuación de Los pilares de la Tierra, trata de ofrecer un dilatado panorama del otoño de la Edad Media a través de tres familias en que se hallan representados los diferentes estamentos medievales. Atisbamos los cambios que conducirán al mundo moderno, con la ascensión de la burguesía y la decadencia de la aristocracia, y con el incipiente divorcio entre fe y ciencia. Pero el novelón se resiente de torpeza en la delineación de los caracteres, de una cerrada incomprensión de la sociedad estamental medieval y, sobre todo, de una visión de la Iglesia en perfecta sintonía con el disparate que nos servían para abrir esta reseña. Veámoslo.

Caris, la protagonista, es el canon feminista del siglo XX aterrizado no se sabe cómo en el XIV. Independiente y rebelde, se siente incapacitada para el convento y para el matrimonio, añorando una vida profesional como la de los hombres. Junto a ella, los buenos y los malos, sin fisuras. Los primeros, tales como Merthin y sus padres, o los de la propia Caris, acatan el orden establecido pero se oponen con energía a las arbitrariedades de las clases altas. Arribismo, hipocresía y avaricia definen la actitud de los malos.

Los eclesiásticos son, con mucho, los peor parados. De hecho, los clérigos de Follett son unos psicópatas refractarios a cualquier innovación. Todo el mundo sabe que el otoño medieval conoció una lamentable relajación de costumbres en el clero. Pero aquí no se trata de eso, sino que es el propio cristianismo el que aparece como una farsa macabra reducida a temores supersticiosos y unas pocas nociones pueriles sobre Dios y los santos. De la animada actividad teológica de la época la única noticia que tenemos es que “la Universidad de París ha prohibido las obras de Aristóteles y Tomás de Aquino”. Y las únicas relaciones que se viven en el seno de la comunidad religiosa son las luchas por el poder y los escarceos homosexuales. Uno se pregunta cómo semejante casta pudo constituirse en el pilar de la civilización que creó la Universidad, las catedrales y el canto gregoriano.

En el haber de Follett hay que anotar que su recreación de la Europa tardomedieval, si bien sesgada, se lleva a cabo con procedimientos exclusivamente novelísticos; es decir, mediante la interacción de las vidas de las tres familias protagonistas, sin los enojosos excursos que son habituales en otras producciones de este tipo, donde el autor exhibe al desnudo su documentación previa. Y, aunque pesa la excesiva extensión del relato (a partir de las setecientas páginas algunas situaciones empiezan a resultar “ya vistas”), la historia resulta creíble por lo que se refiere al puro encadenamiento de los hechos.