Un lugar en la cumbre

Impedimenta. Madrid (2008). 360 págs. 22,95 . Traducción: Enrique Gil-Delgado.

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La editorial Impedimenta rescata un clásico de la novela británica de los 50, que batió récord de ventas en su día y fue llevada al cine. El autor trataría de repetir su éxito, pero si hoy tiene un puesto en las letras inglesas lo debe a esta única obra redonda, ejemplo de trama bien ensamblada y memorable por la humanidad de sus personajes y su humor cínico, corrosivo. Su temática picaresca en los años de la posguerra mundial granjeó a Braine la adscripción a la generación conocida como los Angry Young Men, con Alan Sillitoe como otro gran exponente.

Un lugar en la cumbre narra en primera persona el ascenso social de un joven licenciado de la RAF que durante su estadía en un campo de prisioneros alemán se propone llegar tan alto como pueda. A su regreso a Inglaterra, abandona su proletario Dufton natal -donde sus padres habían muerto por un bombardeo aéreo- y se traslada a la ciudad industrial de Warley, que tomará como campo de operaciones. Logra colocarse como funcionario municipal, y a partir de ahí, aupado sobre su físico atractivo y su ingenio verbal, empieza a brillar con luz propio en bailes y teatros.

La experiencia de la guerra lo ha convertido en un seductor sin sentimientos, y se aprovecha de las mujeres hasta que topa con Sue y con Alice. La primera es ingenua, de buena familia y en edad de merecer, y le hace replantearse los valores familiares. La segunda es una adúltera ardiente y bohemia, y sólo representa el hedonismo sin compromiso. Convierte en su amante a la segunda mientras sigue saliendo con la primera, hasta que la tragedia se precipita y le obliga a tomar una decisión.

A caballo entre la sátira social y el romance, esta buena novela plantea con franqueza las desventajas de sacrificar los sentimientos y la moral a la ambición, pero también describe sus embriagadores efectos. Es un acierto elegir a un narrador en primera persona, y al mismo tiempo manejar con pericia la elipsis para dejar al lector sacar sus propias conclusiones. Braine no cae en la explicitud voluptuosa, y acredita una prosa que por momentos reviste la brillantez de Scott Fitzgerald. Y aunque a veces resulta brutal su cinismo, el protagonista nunca deja de oír los reproches de su conciencia.

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