Tumulto en julio

Navona. Barcelona (2009). 208 págs. 12,50 €. Traducción: Carlos Mayor.

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Durante el siglo XVII vivió en Virginia Charles Lynch, un juez que aplicó en su jurisdicción una ley que llevaba su apellido. El linchamiento, un procedimiento perseguido pero nunca aniquilado, se reprodujo con singular virulencia en los Estados Unidos de la Gran Depresión.

Antes de abordar este tema en Tumulto en julio (1940), Erskine Caldwell (1903-1987) ya había profundizado en sus consecuencias en el relato Tarde de sábado, publicado en la colección de cuentos American Earth (1931). Y solo cinco años después de este título, Fritz Lang rodaba Furia, otra penetrante requisitoria contra la práctica del linchamiento.

La historia de Tumulto en julio se desarrolla en el estado natal del autor, Georgia, durante unos días de verano. La población, soliviantada por la (falsa) acusación que una joven blanca ha lanzado contra un trabajador del algodón negro, emprende una caza humana ante la inoperancia de las autoridades, encarnadas por un sheriff al que Caldwell caricaturiza desde la primera página y que le sirve para denunciar una inhibición que, de hecho, otorgaba carta blanca a los verdugos.

El autor de El camino del tabaco y La parcela de Dios, también recuperados por la editorial Navona, acierta en el retrato de algunos personajes. El hecho de que el perseguido sea un chico tan inocente y compasivo como Sonny Clark o que la supuesta víctima exhiba su intemperancia sin pudor suscita un contraste que acrecienta el interés de la historia (años después, cuando Harper Lee escriba Matar un ruiseñor, se repetirán esos mismos caracteres en las figuras de Tom Robinson y Mayella Ewell). Porque, en realidad, a nadie parece importarle lo injusto de la “sentencia”. Sonny Clark tiene que morir solo por el color de su piel. Su ejecución servirá como advertencia para que los “morenos” no olviden cuál es su posición. En este sentido, resultan estremecedoras las palabras con que su captor justifica su decisión de entregarle a la jauría: “No sabes la rabia que me da tener que hacerlo, pero esto es territorio de blancos. Los negros siempre han tenido que aguantarse y no creo que a estas alturas pueda cambiarse la situación. Las cosas son así, creo yo”.

El autor opta por una narración lineal desde el punto de vista cronológico, ajustando las piezas de las acciones simultáneas mediante pequeños retoques. A pesar de lo escabroso del tema, Caldwell huye del sensacionalismo, lo que no es óbice para que reproduzca, en un capítulo de penosa lectura, la tortura que un grupo de blancos inflige a varios negros en la plantación en la que trabajaba Clark.

Pese a sus valores literarios, Tumulto en julio no es, empero, una obra perfecta. Funciona bien como crítica contra un sistema que consentía tales abusos (recordemos la influencia que el padre de Caldwell, reformista social y ministro presbiteriano, ejerció en el pensamiento del autor); pero, tal vez por ello, sobren ciertos subrayados, como la intervención final del sheriff, impropia de un atolondrado como él, o la conversión de la acusadora. Igualmente, en ocasiones se echa en falta una mayor hondura psicológica en la descripción de los caracteres (¿qué habría podido hacer William Faulkner con un material semejante?).

En cualquier caso, la lectura de Tumulto en julio resulta recomendable para conocer los sencillos mecanismos que hacen que una comunidad se embrutezca, cuando está predispuesta a ello.