Todos los nombres

TÍTULO ORIGINALTodos os Nomes

GÉNERO

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Alfaguara. Madrid (1998). 323 págs. 2.600 ptas. Traducción: Pilar del Río.

En su última novela, José Saramago reitera los recursos alegóricos ya utilizados en Ensayo sobre la ceguera, para reflejar su declarada insatisfacción filosófica y existencial. Tanto en su planteamiento como en su estructura y simbolismo, hay en Todos los nombres una pronunciada huella de la literatura de Kafka, el escritor que, junto con Borges y Pessoa, más ha contribuido a perfilar su deshumanizado mundo novelesco.

Don José, el único personaje de esta novela que tiene nombre propio, es un insípido escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil. Su vida transcurre casi por entero en un trabajo tedioso que consiste en anotar datos en las miles y miles de fichas de los vivos y los muertos que forman un inmenso archivo irracional, laberíntico, kafkiano. La ambientación de esta Conservaduría es atemporal: los escribientes, casi como autómatas, en silencio, escriben mojando la pluma en el tintero y arrastran pesadas y mamotréticas escaleras para ascender a unos archivos inconmensurables, que encierran millones de fichas con los datos de todos los vivos y los muertos.

La única afición de don José para huir de su anodina y uniforme vida de escribiente es su colección de recortes de personajes famosos, que se ha dedicado a completar con los datos verdaderos que aparecen en sus correspondientes fichas personales, saltándose las rígidas normas de control de la Conservaduría General. Un día repara en la ficha de una mujer desconocida, de la que se cuentan muy pocos datos, apenas los más esenciales. De pronto, de una manera inexplicable, don José decide centrar toda su actividad en reconstruir la vida de esa mujer.

Desde ese momento don José no es el mismo. En el trabajo, tanto el jefe como los compañeros notan un peligroso cambio de actitud, lo que le lleva a cometer una serie de errores que ponen en peligro no sólo su estabilidad emocional sino el ritmo de trabajo de la Conservaduría General, todo un símbolo del sinsentido del mundo. Las indagaciones comienzan a dar su fruto y, al cabo de una serie de sucesos bastante insólitos, don José, desazonado y hundido, consigue encontrar en el Cementerio General de Todos los Nombres la tumba en la que está enterrada la mujer, que se suicidó por motivos desconocidos.

El argumento, dosificado con técnicas de la novela policiaca, funciona como una parábola de la existencia. Asimismo, el Cementerio y la Conservaduría, ambos espacios cerrados, son la imagen de un mundo absurdo, cuadriculado hasta la saciedad pero carente de las respuestas más importantes.

Como telón de fondo, Saramago reflexiona sobre el triste destino del hombre. Don José busca encontrar un resquicio que aporte mínimas dosis de dignidad a su anodina vida, pero lo único que consigue es darse de bruces con el desamparo y la burocracia. La única certeza que existe -piensa don José- es que “fuimos, somos y seremos polvo”, anónimos e intercambiables trozos de nada.

La novela, escrita con un frío, austero y deductivo expresionismo, corta de raíz cualquier atisbo de esperanza. Saramago, quizá en su mejor momento como escritor, ha construido una estremecedora y nihilista parábola sobre la existencia humana: más allá de todos los nombres sólo se encuentra la muerte, y después la nada. Y otra vez vuelta a empezar.

Adolfo Torrecilla

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares