The Language of God

Free Press. New York (2006). 304 págs. 26 $.

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Este es un libro sobre las relaciones entre la fe y la ciencia, escrito por un hombre que se siente en casa en ambos ámbitos. Francis S. Collins, químico y médico, ha dirigido el proyecto público que secuenció el Genoma Humano y ha tomado parte en el descubrimiento de la base genética de varias enfermedades. También es un médico que trata pacientes, lo que le abre a su experiencia del dolor. Es, por lo tanto, un científico de primera fila que, tras un ateísmo cerrado en su juventud, fue acercándose poco a poco al Dios racional y personal, hasta hacerse cristiano evangélico.

El libro se lee fácilmente a pesar de lo intensamente científico de muchos temas y de lo puramente filosófico de otros. Entre los temas que discute están las típicas objeciones: ¿Es la idea de Dios producto de la imaginación humana? ¿No se ha hecho mucho daño en nombre de la religión? ¿Por qué existe el dolor en el mundo? ¿Son irracionales los milagros? Etc.

En el capítulo 10 propone la armonización entre fe y ciencia según lo que denomina “evolución teísta” (p. 200). Collins explica el origen del universo a partir de la creación de la nada por Dios con unas condiciones tales que llevaron natural y sucesivamente al origen de la vida por evolución de la materia y al origen del hombre por evolución de la vida. Reconocer que la apreciación bueno/malo no es explicable por una creación cultural o producto evolutivo del ser humano y que ha existido siempre, le llevó a la idea de Dios. El conocimiento innato de la ley moral y la búsqueda universal de Dios son caracteristicas tipicamente humanas. La existencia del altruismo es para él otra prueba de que hay algo fuera de la evolución en lo humano.

Despues de examinar en detalle, pero de forma inteligible para el no especialista, la situación actual de la física cosmológica, la teoría del Bing-Bang, el principio antrópico (los valores de las constantes fisicas son los adecuados para que aparezca vida inteligente) y las leyes indeterministas de la mecánica cuántica, el autor considera que la existencia de un Dios fuera del Universo (tiempo y espacio) es la única explicación racional válida para la naturaleza que observamos. La creencia en Dios es, pues, racional, y la fe y la ciencia se complementan. La ciencia explora el mundo material y la religión el espiritual, mundo que no es ni puede ser objeto de la ciencia. La ciencia no puede contestar, por ejemplo al enigma del destino después de la muerte o por qué existe el universo. Por otra parte, Dios creó tanto el mundo material como el espiritual, por lo tanto no pueden existir contradicciones reales entre ellos.

Igual que pide a los científicos que examinen con mente abierta la hipótesis de la existencia de Dios, advierte a los cristianos evangélicos opuestos a la evolución que este rechazo perjudica la credibilidad de la fe.

La evolución por selección natural le parece una explicación mejor que el “diseño inteligente”, y desde luego descarta el llamado “creacionismo” defendido por grupos protestantes americanos, apegados a una interpretación excesivamente literal de la Biblia. Señala que esto no es coherente con los hechos demostrados por la ciencia (relación bioquímica de los genomas, tiempos medidos por el decaimiento radioactivo, etc.). San Agustin ya comentó en su tiempo que las interpretaciones literales de la Biblia no son necesarias para entender lo que quiere decir acerca de Dios.

En los anexos intenta examinar algunas de las cuestiones bioéticas actuales (diagnóstico preimplantatorio, células madre, clonación terapéutica, etc.), apelando a la ley moral común presente en cada ser humano. Sin embargo, deja algunas de las cuestiones demasiado abiertas. Por ejemplo, se declara comprensivo con la transferencia nuclear, siempre que el embrión resultante no sea implantado en el útero. Conclusión que quizá está fundada en la idea expresada anteriormente de que la vida es un continuo y que no hay un momento irreversible de comienzo. Cosa que no es exacta, ya que después de la fecundación hay un momento irreversible y surge el nuevo individuo, el nuevo genoma que no estaba presente antes. Tampoco está muy al tanto de los progresos que se han hecho en los últimos cinco años en cuanto a la presencia de células madre adultas en el cerebro, músculo, grasa, y las aplicaciones terapéuticas que se están logrando con ellas.

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