Temporada de huracanes

Menoscuarto. Palencia (2007). 219 págs. 15 €.

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Los relatos de Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) suelen ser una garantía de calidad. No en vano, los jurados de los premios más prestigiosos del género se han rendido a su método. Es un autor inteligente, atento y minucioso, que trata muy bien el lenguaje y que ha sabido asimilar las enseñanzas de maestros de la narrativa corta estadounidense como John Cheever y Raymond Carver.

Esta recopilación se compone de doce historias que se desarrollan en nuestros días. Sus personajes son seres anónimos, como las ciudades y pueblos en los que viven, condenados a una soledad de la que tratan de huir desesperadamente. Las vidas de unos y otros podrían converger en una novela, y el resultado sería un cuadro en apariencia muy sombrío.

La protagonista del primer relato es una mujer infelizmente casada que, tras una charla con una vieja compañera de estudios, se cita con un fabricante de piscinas al que ha conocido en un viaje de avión. En el segundo, unos borrachos disfrazados de muñecos de nieve advierten a su vecino, un dibujante de tiras cómicas, de la posible infidelidad de su esposa. En “El hombre que charlaba con las ardillas”, uno de los mejores, el coche de una mujer queda embarrancado en un terreno arcilloso hasta que un paciente guardabosque logra sacarlo de ahí. “El club Gucci” cuenta la historia de una adolescente acomplejada por su madre, mientras que “Conversación” expone el tortuoso diálogo que mantienen en un restaurante un marido despechado y el amante de su mujer.

Son pequeños desastres cotidianos que también dejan un resquicio para la esperanza, fruto de la lucha de unos personajes en crisis que no se resignan a su estado. Así, por ejemplo, en el relato titulado “El poney rojo y otras lecturas” un padre trata de recuperar a su esposa a través de las notas que escribe a su hijo en los libros que le va prestando a lo largo de los años, y “Televisión por satélite” resume, por su parte, los vaivenes de una áspera relación paterno-filial en la que al final se acercan las posturas.

Como en cualquier recopilación, hay ficciones mejores y otras menos logradas. Todas tienen varias virtudes: su autor está familiarizado con la experiencia de los personajes, se muestra tan diestro en el manejo de la primera como de la tercera persona, y sus descripciones del paisaje son fieles y exactas. Pero también es verdad que algunas tramas resultan insuficientes, como la que, sin ir más lejos, da título a la colección, y que ciertos diálogos suenan artificiales y poco creíbles. La técnica y la madurez de Calcedo logran sortear esos escollos, y la impresión general es satisfactoria, sobre todo por la valentía de este palentino para destapar muchas taras y necesidades del hombre contemporáneo y hacerlo mediante una eficaz mezcla de frialdad y ternura.