Teatro policíaco español

Fundamentos/RESAD. Madrid (2007). 281 págs. 15 €.

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Aunque la literatura policíaca ha encontrado su forma de expresión más habitual en la novela, el teatro no le ha sido del todo ajeno, bien a través de la adaptación de textos narrativos, bien con creaciones específicamente dramáticas. En el siglo XX, se estrenaron obras de este tipo con notable éxito, sobre todo en Inglaterra. En España fueron menos frecuentes y es significativo que la acción de dos de las tres obras elegidas por el editor de este volumen transcurra precisamente en Londres.

La primera, Han matado a don Juan, de Federico Oliver (1873-1957), se estrenó en 1929. Se trata de una comedia bien concebida en los aspectos dramáticos: tensión, movimiento de actores, intervenciones de los espectadores… La acción transcurre en un teatro en el que, mientras se representa el Tenorio, el actor principal es asesinado. Esto da lugar a unos planteamientos que recuerdan a Pirandello en su célebre Seis personajes en busca de autor, estrenada unos años antes.

La comedia es algo más que un ameno y bien dosificado entretenimiento, pues, al hilo de la investigación del juez, el autor plantea, además de las mencionadas, otras cuestiones bien actuales, como las relaciones entre varón y mujer, la influencia de los medios de comunicación, el papel del público…

La segunda, ¡Jonathan! El monstruo invisible, de Eduardo Moreno Monzón y Baerlam, autor casi desconocido, es de 1940; es la menos lograda de las tres desde el punto de vista dramático, pero resulta entretenida, con su tono desenfadado de parodia un tanto tópica sobre Inglaterra y los ingleses vistos desde orillas del Mediterráneo en aquellos años de postguerra en España. El lector pasará un rato divertido, pues la comedia tiene muchos diálogos y efectos humorísticos.

La tercera, Carlota, la mejor de las tres, es una excelente comedia de Miguel Mihura (1905-1977), estrenada en 1957, en la que humor, con toques a veces absurdos, y ternura forman unos sorprendentes contrastes. Es una comedia policíaca, que transcurre también en Inglaterra, con una intriga muy lograda y a menudo divertida, que igualmente se puede leer como una singular y trágica historia de amor. Mihura muestra, en su etapa de madurez, un notable dominio de los recursos escénicos con un trasfondo entre escéptico y nostálgico, no exento de romanticismo. Estos textos muestran que calidad literaria y amenidad no están reñidas.

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