Soy la hija de Rembrandt

Editex. Madrid (2008). 264 págs. Traducción: Miguel Marqués Muñoz.

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Buena novela juvenil, construida con personajes reales casi todos, como se indica en los apéndices finales. La narradora es Cornelia van Rijn, hija de Rembrandt con su sirvienta Hendrickje Stoffels, ya fallecida. Cuando tiene catorce años y se casa su hermano mayor Titus, hijo de Rembrandt con su esposa Saskia, también fallecida, Cornelia se queda sola con un padre áspero, gruñón, y convencido de que pinta por inspiración divina. Se enamora del alegre Carel, heredero de una familia de mercaderes, pero su padre le termina prohibiendo que lo vea; en cambio le cansa el serio Neel, el último alumno de su padre.

El prólogo tiene lugar cuando Rembrandt ha muerto y unos compradores están viendo qué pueden ofrecer por los objetos y los cuadros de la casa. Luego Cornelia recuerda los últimos años de su vida, pero con capítulos intercalados y titulados como cuadros famosos de Rembrandt que retroceden en el tiempo para contar escenas del pasado. Esta estructura, un tanto artificiosa, le sirve a la autora para ir presentando aspectos de los misterios que ocupan la mente de la narradora, sobre todo el por qué su padre no se casó con su madre, causándoles daño a la madre y a la hija, y contribuyendo así a su descrédito social.

Todos los elementos de la novela funcionan correctamente: está bien articulado el triángulo amoroso entre Cornelia, Carel y Neel; las ansias de Cornelia de llegar a ser pintora, como lo fue la hija de Tintoretto, están contadas de acuerdo con lo que pudo ser; los demás personajes relevantes tienen la profundidad apropiada.

Pero lo mejor son, por un lado, las descripciones ambientales: las de una ciudad con pánico a la peste y los contrastes entre la pobreza y la riqueza de los distintos barrios, las de una sociedad regida por unas convenciones rígidas para la convivencia y laxas para permitir el comercio esclavista; y, por otro, la presentación de las inquietudes de la narradora, angustiada por la pobreza en la que vive, irritada por el comportamiento altanero y maleducado del pintor, y también interiormente desgarrada porque su padre no le manifiesta su afecto y no le ha enseñado a pintar aunque a veces confía en su criterio pues le pide sus opiniones y las sigue.

La escritora desea ser fiel en su perfil de Rembrandt: brusco, aparentemente fuera de sí, consciente del valor de su propia pintura frente a la opinión de sus compradores contemporáneos, incapaz de pintar para ganar reconocimiento y dinero. Tal vez su final esté un tanto edulcorado con el deseo de reivindicar la figura humana del pintor pero en cualquier caso es plausible.

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