Sin respiro

Alfaguara. Madrid (2007). 392 págs. 21,50 €. Traducción: Beatriz García Ríos.

TÍTULO ORIGINALRestless

GÉNERO

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Nacido en Ghana en 1952 pero formado en Reino Unido, William Boyd cuenta con una decena de novelas publicadas y numerosos galardones en el ámbito anglosajón, donde es un autor bastante popular. Significativamente, ha trabajado como guionista cinematográfico. Sin respiro se inscribe en la tradición del thriller culto, entretenimiento inteligente merced a una trama muy bien armada, trasfondo histórico verosímil y dosis considerables de elegancia estilística.

No es fácil escribir hoy un relato de espías a la manera clásica que no resulte lastrado por las manidas convenciones del género. Pero puede decirse que Boyd ha logrado pergeñar una obra trepidante, que absorbe la atención del lector sorteando el peligro de la previsibilidad, sin abandonar el reconocible formato del thriller. Cuenta la historia de Eva Delectorskaya, una joven de origen ruso reclutada por los servicios secretos británicos en 1939, llamada a desempeñar un papel anónimo pero fundamental en el intento británico por involucrar a los EE.UU. en la II Guerra Mundial antes del ataque a Pearl Harbor. Mucho tiempo después, en el 1976 en que se ambienta el presente del relato, Eva decide confiar por entregas el relato de aquella vida clandestina a su incrédula hija Ruth. El mayor acierto del libro reside en la estructura doble de la narración: capítulos alternos trasladan al lector de un episodio de la historia de Eva que ella cuenta en tercera persona, a la circunstancia personal de Ruth expuesta en primera persona. El creciente interés de la hija por la aventura de su madre -interés inducido por esta con un fin calculado- provoca que ambas tramas paralelas tiendan a converger hasta que se funden en el clímax final. El enfoque de la hija permite el distanciamiento preciso para salvaguardar la verosimilitud de la trama, y la autobiografía de la madre introduce todas las dosis de acción que se le piden a una novela de espías fetén. Todo lo cual, unido a una sabia dosificación de la información que hace avanzar el relato, opera en favor de la intriga lectora.

Los personajes de Boyd, sin embargo, no tienen la densidad psicológica de los de Graham Green, sino que revelan una ligereza moral más bien posmoderna; ni los giros argumentales sirven de pretexto para profundizar demasiado en sutiles dilemas de conciencia, como sucede en las grandes novelas del escritor británico, que supo trascender el género de espías para plantear graves cuestiones existenciales. También se advierte su incapacidad para la sutileza -o su rendición a los parámetros del cine superficial- en dos o tres escenas sexuales tratadas con un lenguaje bastante explícito. En todo caso, Sin respiro acredita un oficio narrativo muy notable.

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