Siete casas en Francia

Alfaguara. Madrid (2009). 264 págs. 19,50 €. Traducción: Asun Garikano y Bernardo Atxaga.

Tras el revuelo que provocó su anterior novela, El hijo del acordeonista, que abordaba problemas contemporáneos de la realidad del País Vasco, abandona Atxaga estos temas y escenarios para escribir lo que en principio parece una novela de aventuras.

Siete casas en Francia está ambientada en la estación militar de Yangambi, en el Congo belga, a principios del siglo XX. Los protagonistas son un puñado de militares de la Force Republique, el brazo armado en África del rey Leopoldo II de Bélgica. Hasta allí acude destinado el enigmático protagonista de la novela, el oficial Chrysostome Liège. Su carácter es muy distinto al del resto de los oficiales del destacamento que soportan la abulia de su destino gracias al alcohol, la violencia, la visita a los prostíbulos de la zona y al tráfico ilegal de madera de caoba y colmillos de elefante. Con este tráfico se están enriqueciendo los principales mandos, el capitán Lalande Biran y el teniente Van Thiegel, el capitán para comprar unas casas en Francia -de ahí el título- y el teniente para abrir un negocio de prostitución de lujo.

Chrysostome, un excelente tirador, solitario, reservado, no participa de estas ambiciones ni vicios, por lo que el resto de sus compañeros lo tachan de homosexual. Pero el carácter de Chrysostome esconde unas debilidades que saldrán a la luz a lo largo de la novela. A esto hay que sumar el viaje oficial, un tanto esperpéntico, de un conocido periodista belga y un obispo para bendecir una imagen de la Virgen en aquellas tierras, y las cartas que se escriben un alto cargo del gobierno del rey Leopoldo II y el capitán, poeta y pintor aficionado.

La novela se construye con unos mimbres muy exóticos, que tienen ecos de otros autores (Conrad y El corazón de las tinieblas), aunque en el caso de Atxaga no hay ninguna intención de denunciar nada. Con esta ambientación africana, poco a poco la atención de la novela se centra en los conflictos internos de los personajes, de manera especial de Van Thiegel y Chrysostome, y aquí es donde la novela, errática, se convierte en inverosímil. Y es que los rasgos de la personalidad de cada uno de ellos son exagerados y falsos: Lalande Biran sólo sueña con la poesía y los cafés parisinos; Thiegel es un redomado e insatisfecho mujeriego; y Chrysostome, el que desata el drama, encarna una escondida religiosidad, extraña, enfermiza, fría, que le lleva a actitudes distantes y engreídas.

Tras leer la novela, no comparto para nada las publicitarias palabras de la cubierta del libro: “busca, a través del humor y de la aventura, la metáfora que habla del lado siniestro de nuestro mundo”. Demasiado pretencioso para lo que luego se encuentra el lector en la novela.

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