Si nadie habla de las cosas que importan

TÍTULO ORIGINALIf Nobody Speaks of Remarkable Things

GÉNERO

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Salamandra. Barcelona (2006). 184 págs. 15,90 €. Traducción: Libertad Aguilera y Gabriel Dols.

31 de agosto de 1997, en una calle cualquiera de una ciudad del norte de Inglaterra. Se suceden instantáneas de unos vecinos anónimos a los que sólo reconocemos por una genérica indicación (los jóvenes del número 18, los viejos del 26, la familia de tal bloque, la joven de tal piso, etc). El narrador, que no comenta nada, conoce todos los actos y pensamientos de cada personaje, y va enunciando cuanto ocurre en cada escenario, hasta los más mínimos detalles, sólo en apariencia intrascendentes. Es significativo en la concepción de la novela que todos los verbos están en presente.

Uno de los vecinos, oculto tras su ventana, capta con su cámara fotográfica buena parte de esas realidades. Hasta que ocurre un terrible accidente. Todo esto se va contando en los capítulos impares del libro: hay que estar bien atentos para seguir los diferentes hilos porque McGregor (Bermuda, 1976) no da muchas facilidades.

Tres años más tarde. Una joven de ese barrio acude a Escocia al entierro de su abuela. De lo que ocurre allí se derivan unas consecuencias ante las que no sabe cómo actuar. Llegan a sus manos las fotografías de ese último día del verano del 97. Esta otra parte de la novela ocupa los capítulos pares, está contada por la propia joven y los tiempos verbales sí reflejan que los hechos o pensamientos correspondan a un antes, un ahora o un después.

Sin duda se trata de un libro exigente, lírico y complejo, poco al uso. Tiene sobre todo dos cosas interesantes: la arquitectura, compleja hasta casi pedir una segunda lectura, pero efectiva y por momentos hipnotizante; y los detalles: la expresión de lo que esconde un gesto, la importancia de lo que se calla, las malas pasadas que nos juega la imaginación. Sobre todo la parte que hemos llamado “impar” está llena de párrafos deliciosos a cámara lenta, que demuestran la capacidad del escritor para convertir en palabras cosas en principio inasibles, evanescentes.

Pasan muchas cosas pequeñas en cada vida, y muchas de ellas significan más de lo que muestran: enseñarnos esto parece ser el propósito de McGregor, patente desde el mismo título. Entre la avalancha que genera este modo de mirar se pueden espigar algunos asuntos de fondo: un matrimonio que sigue siendo feliz después de muchos años juntos, jóvenes que no saben que hacer con su día ni con sus vidas, las soledades de la vida moderna, y, especialmente, el don de la maternidad y lo que está dispuesto a hacer un padre por un hijo. Todo algo diluido por el complejo modo de narrar y la inflación de personajes.

La sensación final es agridulce e incierta, como si algo hubiera fallado para poder captar todo lo que se quiere decir, como si la forma aplastara desequilibradamente el fondo: aunque prometedora, se trata de una primera novela, al fin y al cabo.

Javier Cercas Rueda

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