Saqueo. El arte de robar arte

Turner. Madrid (2011). 423 págs. 25 €. Traducción: José Adrián Vitier.

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1970 sería un año clave para el mundo del arte: una resolución de la UNESCO prohibía la exportación y traspaso ilegales de propiedad cultural, es decir: el saqueo, robo y contrabando de obras artísticas. Desde entonces los grandes museos, ante cuyas magníficas piezas todos nos hemos maravillado alguna vez, se enfrentarían a una crisis de identidad sin precedentes al ponerse sobre el tapete una cuestión hasta ese momento latente: la procedencia, dudosa, de muchas de sus grandes obras. Los hasta entonces intocables santuarios de la cultura, desde el Met hasta el Louvre, pasando por el vetusto British Museum, se verían obligados a hacer valer su sentido, su trabajo y aún más allá: su honorabilidad. Y a defender la permanencia en sus salas de algunas de sus mejores piezas, reclamadas por los países de donde salieron ilegalmente.

Saqueo nos sitúa ante un conflicto aún por resolver: la pugna entre las grandes civilizaciones de la antigüedad, a saber, Grecia, Roma, Egipto o Mesopotamia, entre otras, expoliadas durante siglos, y los museos que albergan sus maravillas. Los grandes museos, por su parte, se han resistido con fuerza a la restitución porque ceder a las pretensiones de esos países supone reconocer su connivencia en el oscuro negocio del tráfico de bienes artísticos con su sistemática aceptación de obras de procedencia sospechosa y la no exigencia de un certificado que legitimara su origen.

La obra de Waxman condensa las principales argumentaciones que los grandes museos oponen a las devoluciones: su carácter universal, pues son visitados por millones de personas cada año, frente al localismo de aquellos adonde serán trasladadas las obras y, en términos algo paternalistas, la incapacidad de los países de origen para cuidar los tesoros como es debido. Como oscuro telón de fondo, el peso de las fechorías del pasado europeo versus los beneficios que los museos aportan, la transculturalidad contra el nacionalismo cultural representado por los países reclamantes.

Aún hoy, según Waxman, museos como el Louvre son crípticos al referirse a la procedencia de muchas de sus obras: la colección egipcia de este templo del saber procede en su mayoría de un impune saqueo cuyo origen le avergüenza. El British, que se presenta como un lugar único para la preservación de las diversas culturas, tiene ante sí dos problemas no menores: la devolución a Grecia de los mármoles de Elgin –extraídos del Partenón– y la reclamación egipcia de la archiconocida piedra Rosetta; al otro lado del Atlántico, el Met ya se ha enfrentado a varios largos y costosos procesos legales, como el que perdió en 1993 frente a Turquía.

Con una prosa amena, cargada de descripciones y anécdotas, Sharon Waxman nos adentra en los cuartos de atrás de los museos, donde se amontonan sus miserias: robos, falsificaciones, compra de obras de procedencia dudosa, luchas de poder, y nos hace llegar a una conclusión: la necesidad de transparencia como única vía para los museos del futuro. Porque la procedencia de los objetos artísticos, las peripecias que sufren, cómo llegan a un lugar y de la mano de quién también forman parte de su historia. De la Historia.

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