Sábado

Anagrama.

Barcelona (2005).

336 págs.

17,30 €.

Traducción: Jaime Zulaica.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

El sábado de la última novela de McEwan amanece con oscuros presagios tras una ventana en Londres. Es el 15 de febrero de 2003, y la ciudad se manifiesta contra la guerra de Irak.

Henry Perowne se despierta en medio de la noche. Incapaz de conciliar el sueño, se dirige, sin ningún motivo concreto, hacia la ventana. En ese momento, ve pasar un avión en llamas. Casi tan perturbadora como esta visión es la perplejidad de Perowne por la casualidad de que él esté allí contemplándola, a esa hora desacostumbrada y en ese lugar preciso. Este es el punto de partida de “Sábado”, un día en la vida de un neurocirujano felizmente casado, con buenas relaciones con sus dos hijos, escasas preocupaciones y grandes expectativas sobre un día meticulosamente planeado.

A la mañana siguiente Perowne ha recobrado el optimismo, su ánimo apenas ensombrecido por la imagen del avión en llamas planeando como una amenaza sobre su tranquilidad burguesa de fin de semana. Perowne relaciona el accidente del avión, de modo equivocado pero significativo, con la manifestación contra la guerra de Irak que se despliega por las calles de Londres.

Ese vago malestar pasa a segundo plano cuando Perowne, mientras se dirige a su partido semanal de squash, sufre un accidente de coche. El percance es leve pero desencadena una reacción desproporcionada en el otro conductor, Baxter. Perowne se sirve de sus conocimientos médicos para detectar en el comportamiento de Baxter la huella de una enfermedad mental, y gracias a ello consigue escapar. Pero McEwan ya ha sembrado la semilla del suceso que desbaratará la vida ordenada de los Perowne.

Es imposible dejar de percibir la ironía de McEwan: en un principio, parece que la novela trata del terror global, la pesadilla de Occidente tras el 11 de septiembre, y de cómo ciudadanos como Perowne se sienten impotentes para combatirlo. Pero en un giro del relato, el protagonista deberá prescindir de sus grandes teorías y su pensamiento de humanista del nuevo milenio (racional, mesurado, científico) para enfrentarse al peligro concreto que representa Baxter, un vulgar delincuente, a quien sólo él puede hacer frente. En este sentido acaba siendo premonitoria una frase que Theo, el hijo adolescente de Perowne, pronuncia casi al principio de la novela: “Voy a adoptar este lema: piensa pequeño”.

Final irónico
En el contexto inicial, las palabras de Theo aluden a su incapacidad para mejorar algo cuando piensa sobre “las cosas grandes” (la pobreza, la situación política); por eso se siente mejor preocupándose por lo cercano, lo que puede solucionar. Pero cuando se acerca el desenlace del relato, la frase resuena en un contexto más pesimista: el hombre no es sólo impotente para cambiar el rumbo del mundo, también lo es para controlar el detalle más pequeño de su vida, como hacer planes para un simple sábado que debería ser igual a cualquier otro sábado.

En la novela de McEwan, el hombre tiene escasa capacidad de reacción y ninguna capacidad de acción, cosa que tampoco se concede a Dios. Henry Perowne abandonó su fe y eligió prescindir de Dios, mientras que la generación de su hijo, reunida bajo la bandera del “piensa pequeño”, jamás se planteó creer, puesto que no fueron educados para ello: “Nadie en su escuela de cristal cilindrado, radiante y progresista, le pidió nunca que rezase o cantara un impenetrable himno de alegría. No hay una entidad de la que se pueda dudar”.

Dado que la acción individual es ineficaz y que la fe está excluida del universo racionalista de Perowne, parece que nada puede solucionar el conflicto. Y sin embargo, lo inesperado sucede en un final también irónico: algo que Perowne no comprende, que está, como la religión, excluido de su pensamiento, será el centro del acontecimiento que vuelva a restaurar el orden.

Como al principio, Perowne vuelve a la ventana, y reflexiona. La inquietud, que nunca llega a angustia, ya no está encarnada en la amenaza del mundo exterior, sino en el propio mecanismo del paso del tiempo. Perowne piensa que llegará el día en que su madre habrá de morir, en que sus hijos se irán y él mismo se hará viejo. Y todo esto sencillamente ocurrirá, bien de un modo ordenado o bien zarandeado por el azar. En cualquier caso, sucederá de un modo tan ajeno a su control como la guerra de Irak, o como el accidente que vio horas antes, desde ese mismo lugar.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares