Retratos del Medioevo

Rialp. Madrid (2008). 293 págs. 17 .

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Vidal Guzmán continúa la serie iniciada con Retratos de la Antigüedad Griega (ver Aceprensa 85/06 y 53/07) y se introduce ahora en los personajes más relevantes del mundo medieval. Vidal pretende también echar por tierra un tópico extendido que percibe el Medioevo como un tiempo de oscuridad, terror e intolerancia religiosa. La aproximación a las figuras más sobresalientes del período demuestra que, por el contrario, fue una época de creatividad artística e intelectual y que la cultura occidental habría sido bien distinta si la tradición romana y griega no hubiera pasado por el tamiz de la Edad Media.

Si Grecia tuvo a sus héroes y Roma se preció de patriotismo, el mundo medieval constituye la consolidación del cristianismo en Occidente. El protagonismo pasa a manos de los santos. De hecho, el conjunto de semblanzas se inaugura con la de san Benito, en quien Vidal ve el nexo histórico que enlaza Medioevo, Mundo Moderno y Antigüedad clásica; el papel de los monasterios como transmisores y guardianes de la cultura está ya bastante reconocido y por la época surgen las primeras universidades.

La filosofía y la teología, pero también el arte gótico y las catedrales, nacen en contextos monásticos. También lo hacen, a partir de las experiencias de las Cruzadas, las órdenes de caballería que, como los templarios, tratan de conciliar, precisamente, la vida militar y la religiosa. La Edad Media es, por otro lado, un momento de reorganización, tanto política como eclesiástica, y de hostilidades entre el poder temporal y el religioso. Asimismo se conforma una cierta identidad común en el entorno europeo con la aparición y expansión del islam.

El libro de Vidal huye de la exposición convencional y, a través de los personajes, resalta la importancia del periodo en nuestro modo común de ver las cosas, en nuestra identidad. Cierto es que no todo lo medieval resulta admirable; en particular, el autor percibe un proceso paulatino de desencanto hasta llegar a lo que Huizinga denominó el “otoño de la Edad Media”, aproximadamente finales del siglo XIII. Lo más valioso de esta introducción es que consigue que el lector se familiarice con las fuentes de su propia cultura, de una forma amena. Se incluyen además leyendas, tradiciones o anécdotas que en ocasiones no se encuentran en los libros especializados.

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