Rabos de lagartija

Juan Marsé

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Lumen-Areté. Barcelona (2000). 163 págs. 3.250 ptas.

Siete años después de El embrujo de Sanghai (ver servicio 100/93), Juan Marsé (Barcelona, 1933) publica Rabos de lagartija, otra novela de tintes autobiográficos sobre las heridas de la guerra civil. Ambientada en Barcelona, retrata un grupo de personajes que luchan por salir adelante en unas difíciles circunstancias de postguerra. El narrador es un niño nonnato, que cuenta las cosas desde el seno de su madre, Rosa, la mujer del libertario Víctor Bartra, perseguido por la policía. Rosa es madre también de un conflictivo adolescente de trece años, David, que lleva casi todo el peso de la novela. Junto a ellos aparece el inspector Galván, encargado de averiguar el paradero de Víctor y enamorado poco a poco de Rosa, de quien siente lástima por su situación personal, llena de penurias y agravada por un embarazo complicado. Los sueños libertarios del padre chocan con la realidad que tiene que padecer la familia, en un conflicto entre idealismo y supervivencia en el que sale ganando la lucha por la vida. David crece en contacto con una sociedad hipócrita, que se encuentra en proceso de asimilación de los ideales franquistas, juzgados de manera crítica. La amistad que mantiene con su perro, Chispa, y con Paulino, su mejor amigo, de tendencias homosexuales, contribuyen a incrementar el cinismo de David.

Marsé mantiene como constantes narrativas su visión realista y poética de la Barcelona de la postguerra y la presencia de unos personajes que soportan como pueden su aureola de perdedores. En esta novela, además, la arriesgada estructura y el original punto de vista adoptados, aunque a veces provoquen confusión, definen la maestría narrativa de Marsé. El novelista ha esquivado los peligros del realismo social más simplón para construir una narración agridulce, dura pero emotiva, ácida y sentimental a la vez. Sigue predominando una visión desencantada de las relaciones humanas, impuesta por el contexto político, criticado por Marsé, y un erotismo que recarga algunas situaciones.

Como en El embrujo de Sanghai, la presencia de personajes infantiles humaniza el drama que se plantea, aportando dosis de esperanza. Y como telón de fondo, Barcelona, metáfora de un mundo cruel y desengañado, el escenario adecuado para que los perdedores asimilen su amargo fracaso.

Adolfo Torrecilla

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