Prisioneros en el paraíso

Anagrama.

Barcelona (2012).

198 págs.

16,90 €.

Traducción: Dulce Fernández Anguita.

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Contada por un periodista que viaja rumbo a Australia para escribir un reportaje, la historia de Prisioneros en el paraíso, como otras obras de Paasilinna, es ciertamente disparatada: un variopinto grupo de personas viaja rumbo a la India en un avión fletado por las Naciones Unidas. La mayoría de los ocupantes pertenecen a dos misiones de la ONU, una de la FAO –son diez leñadores finlandeses que van a realizar trabajos educativos– y otra de la OMS, con enfermeras suecas y comadronas finlandesas que se van a enseñar control de natalidad en Bangladesh. Van también un periodista finlandés, el narrador, y los tripulantes, todos ingleses. Una avería obliga a aterrizar de emergencia en una isla perdida del archipiélago indonesio.

Tras la consternación inicial, los viajeros tienen que salir adelante en unas condiciones difíciles. Si al principio surgen problemas y tiranteces, poco a poco empiezan a organizarse y acaban por construir con mucho trabajo y generosidad una pequeña comunidad donde imperan los valores utópicamente socialistas. Al principio tienen una vaga esperanza de ser rescatados, pero llega un momento en que deciden instalarse en la isla como si fuesen a vivir allí para siempre. La estancia en la isla altera la escala de valores de la mayoría y descubren el amor, la amistad y un estilo de vida que es la antítesis de la agitada y vacía existencia que llevaban en sus países de origen. Bajo la pluma de Paasilinna, este argumento, muy explotado literariamente, se aleja de interpretaciones serias y existencialistas y se convierte en una parábola crítica y absurda –y también muy epidérmica y tópica– de la sociedad actual.

Si en otras novelas, como Delicioso suicidio en grupo, sus divertidas criticas aportaban novedosos puntos de vista, en esta ocasión el finlandés Paasilinna (1942) emplea una serie de recursos grotescos poco ingeniosos y reiterativos –y hasta burdos– que sostienen una concepción de la vida políticamente correcta que, además –y esto quizás sea lo peor de la novela– subraya una moralina existencial.

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