Presencia a oscuras

Ernestina de Champourcin

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Rialp. Madrid (2005). 83 págs. 7 €.

Para conmemorar el centenario del nacimiento de la autora, se reedita este poemario publicado en la misma colección Adonais en 1952. En los años treinta Ernestina de Champourcin (1905-1999) frecuentó en Madrid ambientes intelectuales vanguardistas, e inició su amistad con Juan Ramón Jiménez y con su mujer. Se la considera la figura femenina más importante de la generación del 27. En noviembre de 1936, se casó con otro integrante del grupo, el poeta Juan José Domenchina, secretario personal de Manuel Azaña. Después de la guerra civil, vino el exilio en México, donde realizó una importante labor como traductora. En estos años, se produjo su vuelta a las raíces católicas. Su marido falleció en 1959. Ernestina regresó a España en 1972, donde mantuvo su compromiso tenaz y riguroso con la poesía. (ver Aceprensa 11/03, sobre la biografía de Ernestina de Champourcin escrita por Beatriz Comella).

Como señala Carmelo Guillén Acosta en el breve prólogo de la presente edición, “cabría hablar de tres fases en la trayectoria lírica de Ernestina de Champourcin: una primera en la que se manifiesta el magisterio del poeta moguereño; una segunda de búsqueda de trascendencia, que coincide con el influjo de Thomas Merton, san Juan de la Cruz y, en especial, con su incorporación en 1952 al Opus Dei, de cuya espiritualidad y fines participa muy intensamente tanto en México como a su vuelta a España, y una tercera, de poesía evocativa y esperanzadora.

Tres etapas impregnadas por una honda significación del amor humano y divino y una iluminadora mirada de la realidad que, sin duda, la alejan de sus coetáneos y la convierten en una poeta de estética y, sobre todo, metafísica muy personales”.

“Presencia a oscuras” es un libro de notable hondura y belleza. Un poemario con el trasfondo de la conversión de la autora como hilo conductor, lo que le da una gran unidad. Matices de un diálogo íntimo con Dios y con el lector, que lo aproxima a la poesía mística, como manifiestan los símbolos con que se expresa el amoroso canto. A la vez, una poesía muy personal, en la que tradición y originalidad se armonizan, y en la que la relación con Dios se inscribe en la trascendencia de lo cotidiano.

Los poemas de la segunda parte, breves, tienen cierto aire de canción popular. Después, el canto se eleva, el ritmo es más lento, más pausado, el verso libre, hasta culminar en el Vía Crucis final: catorce poemas de una belleza y de una profundidad probablemente no superadas en la poesía española del siglo pasado de raíz cristiana. Un acierto y un merecido homenaje a Ernestina de Champourcin esta reedición de uno de sus libros más importantes.

Luis Ramoneda

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