Perros verdes

Agustín Cerezales

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Palencia. Menoscuarto (2005). 184 págs. 14 €.

Cerrando casi el decenio de los ochenta, el que representa el resurgir del cuento peninsular, la editorial Lumen publicó el primer volumen de narrativa breve de un entonces joven -tenía treinta y dos años- Agustín Cerezales Laforet (Madrid, 1957). Los ocho relatos de “Perros verdes”, más largos que la medida convencional asidua en el género, prometían personajes extranjeros, estrambóticos, raros, admirables perros verdes.

El libro presentaba un engarce unitario: por su tono, su titulación, por girar las historias en torno al eje de un personaje extranjero llegado a España, por el estilo entonces llamativo, con tendencia a narrar periodos amplios de tiempo -huyendo del recurso del llamado “cuento de situación”, que exprime una escena-; por enracimar personajes imaginativamente, por la sintaxis de frases demoradas, con un caudaloso vocabulario del narrador pero sin impertinencias, combinando lo culto con las voces de la calle, creando aire descriptivo. Y unitario por dejarse llevar por la exageración que invade el relato poco a poco, sin precipitar la acción y por saber redondearla con un desenlace oportuno. Afortunadamente, muchas cualidades. Y enhebraba un tema que Cerezales, en un prólogo que añade a esta edición, no oculta: “la desustanciación de España”, “ese no conocerse, no quererse ni respetarse que padecemos”.

No han perdido prestancia -al revés- las historias del ucraniano Basilii Afasiev en Medina del Campo, que protagoniza una especie de versión de “El dúo de la tos” de Clarín; ni la rumana Ana Perurena, mujer decidida y fiel; ni la emocionante historia de Aldo Pertucci, que acaba en Barcelona; ni, por supuesto, Mitu Fit Sin en la España de 1950. Todos. El libro ha mejorado con el tiempo, como la buena literatura, y gana lectores y lecturas, interpretaciones y sabores. Va a ser verdad, como se lee en el libro, que “las cosas son como son” -a veces como nos las cuentan- “y la vida no tiene fronteras”. Y que Cerezales supera con creces el recurso del viejo costumbrismo de hacer viajar a un extranjero para que nos abra los ojos a los de aquí.

Joseluís González

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