Permiso para sentir

Alfredo Bryce Echenique

GÉNERO

Anagrama. Barcelona (2005). 560 págs. 22 €.

Hace doce años el escritor peruano entregó su primer libro de «antimemorias» con el título de «Permiso para vivir». Ahora vuelve a pedir permiso en esta segunda parte, que recolecta recuerdos, impresiones y ocurrencias de su madurez. No obstante, quizás su título debiera ponerse en solfa, puesto que el protagonista de esta autobiografía no parece muy necesitado de pedir permiso a nadie (salvo quizás a los médicos) para darle gusto a sus sentimientos y hacer lo que le apetece.

«Libertad» es justamente la palabra clave que define este libro, para bien y para mal. Así, Bryce hace gala de su enorme habilidad para ir de un tema a otro en una perpetua digresión como si de una charla de café se tratase. Mediante un tono desenvuelto y fluido pone a nuestra disposición sus mejores armas de contador de historias: la agilidad con que cuenta algunas aventuras suyas, el empleo inteligente de la exageración, la narración de escenas que conducen a un final divertido, cuando no del todo hilarante.

Sin embargo, esa misma libertad compositiva también puede jugar malas pasadas. La primera parte del libro, la más extensa, da la impresión de ser un archivo desordenado de textos apilados uno tras otro sin orden ni concierto. El problema no es sólo que el lector se pierda en la maraña, sino que los recuerdos se repiten de un capítulo a otro, sin ninguna justificación. La fatiga se apodera de quien ya sabe de antemano qué va a ocurrir con tal o cual personaje, porque Bryce se lo ha contado treinta páginas antes.

La segunda parte del libro tiene un carácter más unitario, al centrarse en exclusiva en los diversos retornos al Perú natal, desde la Europa que ha acogido a Bryce hace décadas. Resaltan la visión poco complaciente de su país, aquejado de una honda crisis, y el amargo ajuste de cuentas que emprende el escritor con algunos familiares. En cambio, son especialmente memorables las semblanzas de algunos amigos fallecidos. Aquí Bryce explota su vena sentimental en las imágenes de los seres queridos que ya no están. Una mención especial merecen las referencias al gran escritor Julio Ramón Ribeyro, a quien profesa una amistad leal más allá de la muerte.

Deprimido, caótico y sentimental, el protagonista de esta autobiografía manifiesta grandes dotes de observador para algunos detalles que no siempre son del interés de todos. Así, en no pocas ocasiones demuestra gran memoria para evocar pelos, señales y color de ojos de las alumnas que pasaban por su despacho de profesor universitario. La improvisación y la frivolidad, pues, son riesgos de la libertad de un autor que repite sus temas y personajes desde «La vida exagerada de Martín Romaña». De eso hace ya un cuarto de siglo. Y todos seguimos recordando su espléndida novela, «Un mundo para Julius», escrita hace más tiempo todavía.

Javier de Navascués

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