París

Marcos Giralt Torrente

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Anagrama. Barcelona. (1999). 300 págs. 2.300 ptas.

Ver de nuevo una película complicada suele permitir atar cabos y descubrir el sentido de hechos y comentarios que habían pasado inadvertidos o mal entendidos. Esto es lo que hace el protagonista de la novela con su propia vida. La dificultad añadida proviene de que la memoria no sólo retiene hechos y frases sino también emociones y deseos. El tiempo arroja luz sobre algunos rincones que habían escapado a la vista, algunas piezas encajan y cobran su sentido, pero no toda la verdad se recuerda -la memoria puede tener su mecanismo de olvido o de amplificación- ni todo lo que se recuerda es verdad.

Esto es París. Un adulto rememora su pasado: un padre que les abandonó a él, único hijo, y a su madre; un sórdido secreto de familia que solo pudo conocer hace poco tiempo; un análisis de qué sintió y por qué en los momentos claves de su pasada existencia. El tono de la novela, sostenida por una mínima dosis de acción, es intimista y psicológico. Por momentos se distrae la atención por el análisis sin fin de algún suceso insignificante. El autor (Madrid, 1968) vuelve a exhibir la elegancia y calidad de prosa, rítmica y severa, que estrenó en Entiéndeme (ver servicio 168/95), el libro de relatos que publicó anteriormente (y que completa toda su producción publicada hasta el momento).

La novela es un pormenorizado intento de desentrañar las complejas relaciones que crea la sangre. Un punto de exageración empapa toda la novela, que incluye, dentro del relato de ficción, digresiones ensayísticas. El silencio se convierte también en un protagonista de importancia, con una presencia estimulante para la imaginación del lector.

París es una novela con cierta dureza, densa, desasosegante y obsesiva, madura, con una calidad literaria evidente (avalada, además, por la concesión del prestigioso premio Herralde 1999) y donde, cuando menos, se analiza certeramente a qué conduce una conducta dominada por el sentimentalismo.

Javier Cercas Rueda

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