Palacio Quemado

Alfaguara. Madrid (2007). 296 págs. 16,50 €.

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Muchos descubrimos al escritor boliviano Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) gracias a un libro inolvidable, Río Fugitivo (1998), una especie de Bildungsroman o novela de formación de unos adolescentes bolivianos inmersos en una sociedad cambiante y en plena crisis política y social.

Desde entonces Paz Soldán se ha ido labrando una importante carrera literaria con novelas como La materia del deseo (2001) o El delirio de Turing (2003) y libros de relatos como Amores imperfectos (1998) y Desencuentros (2004); obras que han sido traducidas a un importante número de idiomas.

Palacio Quemado -nombre que se da popularmente a la sede del gobierno boliviano en La Paz- es una novela política que aspira, sin embargo, a trascender lo meramente político. Óscar, un joven historiador carente de cualquier ideología, es contratado por el gobierno boliviano para escribir los discursos del presidente, recientemente electo, Canedo de la Tapia. En el Palacio, Óscar entrará en contacto con los distintos personajes que circundan a Canedo: el vicepresidente Mendoza, un intelectual apasionado por la reforma política y por la integridad moral; el Coyote, auténtico hombre fuerte del gobierno y político implacable; y Remigio Jiménez, líder indio que aspira a derrocar a Canedo y tomar el poder. El trasfondo es, evidentemente, la crisis política boliviana que tuvo lugar durante el segundo mandato de Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003) y que concluyó en 2006 con la victoria del actual presidente, Evo Morales. Huelga decir que los personajes son claras representaciones de los políticos de carne y hueso enfrentados en la crisis.

Palacio Quemado, sin embargo, no se limita a recrear un momento, especialmente intenso, de la historia reciente de Bolivia. Detrás se ocultan otras preguntas que nos llevan a reflexionar sobre el papel del intelectual -Mendoza, el propio Óscar- al servicio del poder: ¿qué relación se establece entre la moral -la responsabilidad ética ante la propia conciencia- y el servilismo alejado de cualquier convicción? La figura del hermano de Óscar, Felipe, que se suicidó años antes en el propio palacio presidencial, actúa como sombra y como motor de este debate a lo largo de toda la novela.

En Palacio Quemado encontramos también el rencor racial acumulado a lo largo de los siglos, la pugna entre una cierta modernidad y el populismo, la corrupción que, como una metástasis, inunda todo el cuerpo social y la degradación moral, el desánimo incluso, que termina por destruir el espinazo de una sociedad. En última instancia, la pregunta que se hace esta novela es de índole moral: ¿cómo discernir el bien del mal? Más aún, ¿cómo responder ante la propia conciencia?

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