Olas

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GÉNERO

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Minúscula. Barcelona (2004). 223 págs. 13 €. Traducción: Eugenio Bou.

Eduard von Keyserling (1855-1918) nació en Curlandia, hoy parte de Letonia. Su familia pertenecía a la nobleza alemana asentada en el Báltico. Frecuentó las tertulias literarias de fin de siglo en Múnich. A partir de 1908, cuando perdió la vista a causa de la sífilis, dictó a sus hermanas sus obras, entre las que se cuenta Olas, publicada por primera vez en 1911.

En el trazo preciosista y melancólico de Olas podemos reconocer la filiación de Keyserling a la estética finisecular, con su vuelta a la expresividad lírica y su reflejo de la decadencia de los valores aristocráticos, en la línea de Wilde, Lampedusa o Edith Wharton. De hecho, las similitudes con la trama de La edad de la inocencia son notables: a comienzos del verano, la generala Von Palikow llega a la casa que ha alquilado en la costa báltica para reunir a su numerosa familia. En la misma localidad balnearia se instalan Doralice y Hans, joven pintor por quien Doralice abandonó a su marido. La apariencia de un “amor sin barreras” provoca las críticas de los veraneantes, quienes secretamente envidian su “suerte”. Keyserling, sin juicios morales a priori, mostrará con los hechos que el adulterio acarrea al fin la tristeza e insatisfacción de sus protagonistas.

Con los mimbres de tan manido tema, Keyserling recrea magistralmente el mundo de la aristocracia alemana en el Báltico a punto de ser barrida por los vientos de la historia. Los acontecimientos -cotidianos, perfectamente veraces- ocurren con la fluidez de las olas, en cuyo vaivén eterno el autor ha querido cifrar tanto la fatalidad arbitraria que parece a veces gobernar las vidas humanas, como la posibilidad de una inmensa libertad. Pero junto a las magníficas descripciones de ambiente marino, el narrador lleva a cabo un exigente análisis de la psicología y la afectividad de estos aristócratas desfasados y sufrientes, y hace depender sus actuaciones de esa peculiar idiosincrasia que no sabe conciliar las ansias de libertad con los lazos del amor en pareja.

Muy especialmente destaca el retrato de Doralice, en quien aparece reflejada toda la ambigüedad sentimental y de conciencia que puede ahogar a la mujer que recuerda la estabilidad de su primer matrimonio, que experimenta la fugacidad del amor como aventura y que sufre, en fin, una enfermiza melancolía cuya responsabilidad no acierta a situar en ella misma o en Hans. La eficacia de una historia tantas veces contada reside esta vez en su tono distanciado, impresionista, no exento de una tenue ironía; en la credibilidad con que están construidos los personajes; en el aliento verdaderamente lírico del estilo.

De este modo, la novela consigue que lleguemos a la última página con un nudo en la garganta y materia para reflexionar.

Jorge Bustos Táuler

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