Naturaleza muerta con brida

Acantilado. Barcelona (2008). 221 págs. 20 €. Traducción: Xavier Farré.

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Quizás en pocos países encontraríamos un ramillete de literatos de tanta calidad como los que nos ofrece Polonia en los últimos sesenta años. Por citar sólo unos cuantos nombres, podemos pensar en dos premios Nobel, como Czeslaw Milosz (1980) o Wislawa Szymborska (1996), y en otros poetas y novelistas extraordinarios, como es el caso de Alexander Wat, Jozef Czapski, Adam Zagajewski o Stanislaw Lem. Todos ellos -a excepción de Wat- magníficamente vertidos al español, por editoriales como Tusquets, Pre-Textos o Impedimenta. Ahora, Acantilado publica Naturaleza muerta con brida, el primero de una trilogía de ensayos del poeta de Lvov, Zbigniew Herbert (1924-1998), otro de los grandes nombres de su país.

Hablar de Herbert es citar a uno de los poetas mayores del siglo XX europeo, aunque todavía escasamente conocido y apreciado en nuestro ámbito cultural. Naturaleza muerta con brida muestra una inteligencia fina, dotada de una vasta cultura y de una excepcional capacidad para emocionar, puesta al servicio de una prosa precisa, exacta, nada sentimental ni ideologizada, cuya ironía desborda sutilidad. Al igual que otros grandes ensayistas, Herbert enlaza conceptos e ideas distantes en el tiempo y en el espacio, para adentrarnos en el misterio de lo poético y subrayar el sentido metafísico de la vida humana.

El objetivo último de estos ensayos -y de las ficciones o microrrelatos apócrifos que los acompañan- es demostrar que el arte comunica siempre un sentido trascendente: “Una gran parte del arte contemporáneo -se afirma en el libro- se inclina del lado del caos, gesticula en el vacío o habla de la historia de su propia alma estéril. Los maestros antiguos, sin excepción, podrían repetir las palabras de Racine: Trabajamos para agradar al público, es decir, creían en la posibilidad de comprensión entre las personas. Afirmaban la realidad visible con inspirada escrupulosidad y con la seriedad de los niños, como si de ello dependiera el orden del universo, la rotación de las estrellas, la estabilidad de la bóveda celeste. Bendita sea esa ingenuidad”.