Mortal y rosa

Francisco Umbral

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Cátedra / Destino. Madrid (1995). 242 págs. 900 ptas.

Para Miguel García-Posada, autor de esta edición crítica de Mortal y rosa, “Francisco Umbral es una de las figuras más destacadas de los últimos treinta años de la literatura española”. Las notas dominantes de la heterogénea trayectoria de Umbral son la búsqueda de un lenguaje literario original, las continuas referencias a un deshumanizado mundo del sexo, el latente tono autobiográfico, el amor a lo urbano y una inclinación lírica y cordial, que humaniza y contiene su inevitable tendencia corrosiva.

Mortal y rosa, para muchos su mejor obra, se publicó en 1975. Es un libro de difícil comprensión por la ausencia deliberada de un argumento evidente. Al principio parece que Umbral está escribiendo un diario íntimo para ordenar sus pensamientos. Más adelante, sin embargo, surge el verdadero hilo conductor: la cariñosa y poética relación que mantiene el autor con su hijo pequeño, la aparición de una trágica enfermedad y su muerte (suceso real, pues su hijo Francisco falleció en 1974 a los cinco años).

La técnica que emplea Umbral se aproxima a la de los irracionalistas: “Estoy negado para la trascendencia y la sobrenaturalidad. Por eso mismo me tientan los grandes irracionalistas de la poesía y del arte”. Umbral echa mano de todo tipo de imágenes imprevisibles, absurdas, surrealistas; digresiones oníricas, fantasiosas; pensamientos inconexos, deshilvanados; metáforas poéticas e incongruentes.

No hay que buscar, por tanto, una lógica en la evolución del pensamiento. Las ideas y frases de Umbral se encadenan arbitrariamente. Una reflexión sobre los ojos acaba por convertirse en una parábola sobre la mujer. La vista de la sangre le dispara hacia el dolor, la muerte, el suicidio; el Metro madrileño es el cañamazo para hablar de la ciudad, los obreros, la política, el arte, la infancia, el sexo, la propia relación apasionada de Umbral con el periodismo.

Las páginas dedicadas al hijo están llenas de poesía y de cordialidad. No hay en ellas un estilo tajante. Se pasa de la alegría -por ejemplo, en la última secuencia, cuando revive el cotidiano instante de dormir en sus brazos al niño- a la tristeza y desesperación, como cuando recibe la noticia de su trágica enfermedad.

Mortal y rosa se convierte, gracias a su esmerada calidad literaria, a su intimismo y a su sinceridad, en un buen resumen de todas las literaturas que se dan, simultáneamente, en la desigual trayectoria de Umbral.

Adolfo Torrecilla