Diego Garrocho es hoy una voz de referencia en nuestra conversación pública. Además de profesor de Filosofía, actualmente es columnista en el diario El País y colaborador de la emisora de radio COPE. Se diría que su propia biografía pretende mostrar que es posible superar la lógica de los bandos en la vida política sin caer en la equidistancia. Y todo indica que –por emplear sus propias palabras– lo hace movido, no por una “pacata beatería”, sino por su “amor a la genuina libertad”.
Aunque este breve ensayo adopta –ya desde el título– un estilo reactivo, contiene una inteligente reivindicación de la mejor tradición del pensamiento liberal, la que se nutre de autores como Mill, Tocqueville o Arendt. El lector esbozará una sonrisa al leer los argumentos del autor para rehabilitar la figura del “moderadito”, tan denostada en la actualidad. Aunque Garrocho no lo emplee, su libro puede articularse en torno al binomio “moderaditos-radicalitos”. Defiende que, en contra de la opinión común, la moderación es la postura que la virtud de la valentía exige hoy. Por tanto, en buena lógica, los “radicalitos” encarnarían formas de temeridad o cobardía, dominados por el miedo.
Se requiere valentía para pensar por uno mismo y salir del doble refugio en el que muchos se acomodan: por un lado, no decir lo que honestamente se piensa acerca de los asuntos públicos por temor a contradecir la ortodoxia y ser rechazado por “los suyos”; por otro, tomar como definitivas las propias ideas políticas sin someterlas a crítica ni admitir la posibilidad de revisarlas.
Aparece así una de las grandes paradojas de nuestra sociedad: mientras que en el ámbito religioso se ha promovido el pluralismo, en el político la disidencia resulta cada vez menos tolerada. Estas páginas se atreven a reivindicar el pluralismo político, otro de los conceptos desprestigiados hoy.
En la apología que Garrocho hace de la democracia se posiciona del lado del republicanismo, que –frente a planteamientos liberales de tipo formalista o antiperfeccionista– “sigue confiando en la existencia de formas de vida más logradas, pero asume que la pluralidad de criterios y la deliberación pública sobre la virtud son el camino más justo, y más inteligente, para poder llegar a conclusiones morales acertadas”.
Este ensayo, escrito con la elegancia y claridad que caracterizan al autor, consigue redefinir la moderación: no sería un lugar en el espectro ideológico, sino una “disposición afectiva o una actitud”. Lástima que Garrocho sea pesimista respecto al futuro de nuestra cultura política: llega a afirmar que tendremos que “volver a hacernos daño para recuperar el valor de la paz y de la palabra”. Sin embargo, las instituciones educativas como la Universidad, pese a sus muchas debilidades, todavía custodian ese valor y podrían convertirse en escuelas de amistad cívica. Para el autor, hay una “última dignidad” en defender una causa justa pero perdida. Ojalá se equivoque, y la moderación no sea todavía una causa perdida.