El 4 de diciembre se cumplen 50 años de la muerte de Hannah Arendt (1906-1975), una de las voces más destacadas de la filosofía política en el siglo XX. Perseguida por su origen judío en la Alemania nazi, se refugió en Estados Unidos en 1941. Adoptó la nacionalidad estadounidense y enseñó en las universidades de Princeton, Berkeley y Chicago. Su primera obra de éxito fue Los orígenes del totalitarismo (1951), un trabajo monumental donde no solo analiza los regímenes de Hitler y Stalin, sino que también se remonta a las raíces del imperialismo y del antisemitismo.
Hannah Arendt tradujo y comentó a autores clásicos como Aristóteles y Kant para repensar la acción política contemporánea. Entre sus diversas contribuciones está la consideración de la política como un espacio de libertad y pluralidad, tal y como asegura en su aclamada La condición humana (1958). En cambio, otras obras suyas fueron polémicas, como Eichmann en Jerusalén (1963), donde acuña el concepto de “banalidad del mal” frente a quienes identifican únicamente a la maldad como una determinada forma de ser.
Totalitarismos y tiranías
La tercera parte de Los orígenes del totalitarismo está dedicada al totalitarismo en sentido estricto. La obra fue publicada en los inicios de la Guerra Fría con una clara alusión al estalinismo, pero la obra se centró además en el nazismo, que la autora había conocido muy de cerca. En nuestros días, hay quienes se interesan por este clásico de la ciencia política para comparar sus análisis con los populismos que han llegado al poder en distintos países. ¿Dónde encajar algo de difícil definición como es el populismo? ¿Se ajusta a las formas de gobierno a las que Arendt se refiere?
La clasificación de la autora hace referencia, en primer lugar, a la forma autoritaria de gobierno con una estructura jerarquizada a la que se debe una obediencia incondicional, de tal modo que apenas resulten necesarias la coacción o la persecución. Las monarquías absolutas y los despotismos previos a la época contemporánea serían los ejemplos más conocidos.
En segundo lugar, está el régimen tiránico, cuya fuente de legitimidad, según Arendt, es la imposición de la fuerza y la violencia en nombre del orden. En la tiranía, el gobernante domina por completo el espacio público, pero puede dejar a los individuos su espacio privado. Las tiranías de la antigua Grecia o el régimen de Mussolini corresponderían a esta categoría.
“El dominio total solo puede lograrse sobre seres humanos que han sido aislados unos de otros” (Hannah Arendt, en “Los orígenes del totalitarismo”)
Por último, los regímenes totalitarios se fundamentan en la violencia, al igual que las tiranías. Pero una diferencia es que los totalitarismos no solo persiguen, como las tiranías, a sus adversarios, sino que su persecución puede alcanzar también a sus amigos y partidarios. Es un régimen policial, con un jefe supremo a la cabeza, que instaura un estado de terror y su legitimidad es la ideología que se justifica con unas pretendidas leyes de la Naturaleza o de la Historia, en los casos del nazismo y el estalinismo, respectivamente. A diferencia de la tiranía, el totalitarismo penetra incluso en el espacio privado de las personas.

Populismo: política emocional
Pese a algunas similitudes, calificar a los populismos actuales como un retorno a los totalitarismos del siglo XX es una conclusión apresurada. Los populismos presentan rasgos de los tres regímenes políticos no liberales clasificados por Hannah Arendt. Puede haber autoritarismo en las formas, tiranía en la pretensión de imponerse en nombre del orden y totalitarismo en la existencia de un líder carismático aclamado por las masas.
Construir una teoría política a partir del populismo es una tarea casi imposible, pues se trata de una actitud que no se basa tanto en lo racional sino en el imperio de las emociones. Las emociones pueden perfectamente prescindir de los límites, y son volátiles, muy propias de esa sociedad líquida descrita por Zygmunt Bauman. Los populismos podrían encajar más en lo que uno de sus estudiosos, Pierre Rosanvallon, ha llamado “democraduras”, pues no pocos han surgido en el seno de una democracia liberal, si bien sus líderes no han llegado a las soluciones extremas, presentes en la época de entreguerras, de prohibir los partidos de la oposición y suprimir las elecciones.
Por lo demás, Hannah Arendt no consideró, por ejemplo, que el régimen soviético de las décadas de 1960 y 1970 fuera totalitario en el sentido en que lo había sido el estalinismo. En esos años se rebajó, sin ir más lejos, la presión sobre los intelectuales, una de las principales víctimas del terror de Stalin, y no hubo grandes purgas en el Partido Comunista, aunque persistieran los peligros, las dificultades y las injusticias derivadas de la existencia de un partido único.
El líder totalitario –y esto se podría aplicar al líder populista de hoy– sabe manipular el resentimiento de todos aquellos que se sienten marginados
Podríamos decir otro tanto de China, si bien Arendt no analizó su régimen. El maoísmo sería claramente totalitario, aunque la apertura económica de Deng Xiaoping habría rebajado la presión política y social. Con todo, muchos opinan que Xi Jinping ha marcado un cierto retorno al totalitarismo, pues es el más ideológico de los sucesores de Mao.
El totalitarismo, el hombre masa y la mentira
En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt resalta el papel de las masas y atribuye al hombre masa los rasgos del aislamiento y de la falta de relaciones sociales. La filósofa caracteriza a los movimientos totalitarios como organizaciones de masas compuestas por individuos atomizados y aislados. Sobre este particular escribió en este libro: “El dominio total solo puede lograrse sobre seres humanos que han sido aislados unos de otros”. La destrucción del vínculo entre las personas es, en consecuencia, el camino para la deshumanización sistemática.
La crítica del hombre masa es esencial en esta obra de Arendt, que muestra a ese ser humano como víctima de sus propias emociones. Afirma que es manipulado por los líderes, que lo convierten en sumiso. Un ejemplo es el de la Alemania nazi, donde se pretendió inculcar a todo un pueblo la convicción de la necesidad de la guerra si se quería evitar el hundimiento del país. Es en esa atmósfera de manipulación donde las masas se niegan a reconocer “el carácter fortuito de la realidad”. La negación de que puedan darse coincidencias en los acontecimientos lleva a esas masas a dejarse influir por la propaganda conspiranoica.
El líder totalitario –y esto se podría aplicar al líder populista de hoy– sabe manipular el resentimiento de todos aquellos que se sienten marginados. Ante las injusticias, transmite el mensaje de que la responsabilidad es del enemigo, sobre todo del enemigo interior. Triunfa entonces el esquema explicativo y simplista que divide el mundo en amigos y enemigos.
Hannah Arendt subrayó siempre la relación entre la verdad y la política. De hecho, la reivindicación de la verdad sería años más tarde un rasgo de la resistencia de los disidentes soviéticos
El líder totalitario despliega un desafiante cinismo moral y considera que todo le está permitido. Llega incluso a considerar que se puede fabricar tanto al hombre como a la historia, pues su percepción es que el mundo es una materia maleable y organizable. Se permite además guardar las formas, pues estas no le preocupan lo más mínimo. Arendt pone los ejemplos de que el nazismo no necesitó derogar la Constitución de Weimar o que Stalin no tuvo inconveniente en establecer una Constitución de la URSS, en 1936, donde se reconocía la separación de poderes.
Rebelión contra el sentido común
En este contexto, según Arendt, las masas terminan por rebelarse contra el “realismo” y el sentido común. No confían en sus ojos ni en sus oídos, sino en sus imaginaciones. La consecuencia es un eclipse de la verdad. Hannah Arendt subrayó siempre la relación entre la verdad y la política. De hecho, la reivindicación de la verdad sería años más tarde uno de los rasgos de la resistencia de los disidentes soviéticos. Pero, previamente, Hannah Arendt había puesto el acento en que la mentira cambió de naturaleza en el siglo XX. Antes, “la mentira era un agujero en el tejido de los hechos” y no afectaba a la política. Pero después apareció la mentira del totalitarismo, en la que “los hechos dependen enteramente del poder fabricarlos”.
Arendt denunció la narrativa ideológica difundida por el Estado totalitario, aunque lo que realmente le preocupaba era que la verdad y las mentiras no siempre aparecen en oposición directa. Son categorías que se vuelven porosas cuando la mentira satura la vida colectiva. Las democracias, que son regímenes de la opinión, tampoco escapan a esto. De hecho, hoy es frecuente la conversión de una mera opinión en una verdad. A esto hay que añadir la politización del saber y la cultura, denunciada por Arendt en su época y que, según ella, hace imposible restablecer la verdad, pues no existirá un terreno común de entendimiento. Una observación pertinente en nuestra época dominada por las redes sociales.
Los gérmenes de la propia destrucción
Hannah Arendt tenía muy presente su experiencia en la Alemania hitleriana al afirmar que preguntarse por la libertad parece ser una empresa sin esperanza. Lo escribía en plena vigencia del totalitarismo estalinista con aspiraciones de expansión mundial.
Pese a todo, una de las conclusiones de Los orígenes del totalitarismo es que la dominación totalitaria lleva los gérmenes de su propia destrucción. Esta idea tiene rasgos del pensamiento de Marx, que en su Contribución a la crítica de la economía política (1859) señala que todo sistema social lleva en su interior las contradicciones que terminarán por destruirlo. Se podría afirmar que Arendt está convencida de que el totalitarismo lleva a la destrucción de la política, pues “su victoria completa significaría su propia ruina, porque destruiría la humanidad cuya naturaleza necesita para imponerse”.
En el contexto de la Guerra Fría, en el que Arendt se escribió su libro, el diplomático e intelectual estadounidense George F. Kennan se había hecho eco de la misma consideración en su célebre artículo Las fuentes de la conducta soviética, publicado en Foreign Affairs en 1947, aunque no le dio un enfoque moral sino funcional. El régimen soviético se vendría abajo por la incapacidad de ajustarse y corregirse internamente.
¿Lleva también el populismo los gérmenes de su propia destrucción? Los hechos demuestran que el populismo no suele ser compatible con la estabilidad política y la paz. En opinión de Pierre Rosanvallon, es una manifestación de una democracia polarizada, y su único horizonte es la búsqueda de unanimidad con el asentimiento de las bases. Podemos añadir que el populismo es incompatible con el Estado de Derecho, uno de los fundamentos de la democracia liberal. Provoca, por tanto, situaciones permanentes de crisis tanto en las democracias consolidadas como en las que no lo son.
Philip Roth y Hannah Arendt: una imagen del totalitarismo
Uno de los escritores norteamericanos más identificados con el pensamiento de Hannah Arendt fue Philip Roth (1933-2018). Conoció a Arendt en sus últimos años y asistió a algunos de sus cursos. Se da la circunstancia de que ambos están enterrados en el Bard College en Nueva York, una universidad en que la filósofa impartió clases y por la que Roth fue nombrado doctor honoris causa en 1985.

Una de las novelas de Roth más difundidas, La conjura contra América (2004), tiene ecos de Los orígenes del totalitarismo. Se trata de una ucronía en la que Charles Lindbergh, el famoso aviador con simpatías hacia el nazismo, gana las elecciones presidenciales de 1940 derrotando a Franklin D. Roosevelt y lleva al país a un autoritarismo xenófobo y antisemita. Se confirmaría así la tesis de Arendt de que ninguna democracia está completamente a salvo del totalitarismo. Lo que lo hace posible no es solo un líder carismático y autoritario, sino sobre todo una sociedad que renuncia al pensamiento crítico. Por eso, en la novela muchos ciudadanos apoyan a Lindbergh por conformismo y miedo, al tiempo que dicen buscar el orden, la estabilidad o la grandeza de su país.
En La conjura contra América, Roth muestra cómo un poder autoritario invade la vida privada y el miedo se infiltra en las conversaciones familiares, en los vecindarios o las decisiones cotidianas. Este escenario se ajusta a la afirmación de Arendt de que el totalitarismo representa la desaparición del espacio público libre por el imperio del miedo. La destrucción del espacio público hace que los individuos solo piensen en su propia supervivencia. Por eso, en la novela de Roth el mal no siempre es visible como monstruosidad, sino más a menudo como complicidad, indiferencia o rutina social. Es una idea que enlaza con el concepto de la banalidad del mal, presentada por Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén, donde presenta a aquel responsable de atrocidades durante el Holocausto como un hombre mediocre, incapaz de un pensamiento reflexivo y que no es consciente de estar haciendo el mal. Solo la capacidad de pensar y juzgar que, según Arendt, es la actividad más humana, puede impedir la banalidad del mal.
2 Comentarios
«»El dominio total solo puede lograrse sobre seres humanos que han sido aislados unos de otros”. La destrucción del vínculo entre las personas es, en consecuencia, el camino para la deshumanización sistemática.»» Sánchez fabrica un enemigo interno,la derecha,e infunde miedo irracional a la misma. Tiene un discurso cínico donde se muestra comi el salvador de la nación. Habla sobre honradez, libertad, separación de poderes poniendo se de ejemplo. Pero no es asi.Es la honradez que no practica,la libertad que persigue,la separación de poderes que golpea,y la fabricación de la historia con un relato a su favor. Va a por la democracia presentándose como su salvador.
He oido el audio y me ha interesado mucho. Hace pensar y casi resucitar a nuestra Hanna A.