Melville

Seix Barral. Barcelona (2007). 512 págs. 29 €. Traducción: Juan Bonilla.

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Como dice Muñoz Molina en el prólogo, Melville es un gran autor “al que los aficionados a la literatura damos distraídamente por supuesto”. Es un genio universal y el mayor novelista de las letras norteamericanas, pero la tan incomprensible como terca profusión de adaptaciones juveniles de Moby Dick y su vida gris, de la que apenas conocemos datos, han obstaculizado una inmersión rigurosa en su literatura. Hay discotecas y marcas de cereales con el nombre de la ballena blanca por todo el mundo, pero pocos han leído íntegra la novela. El profesor Andrew Delbanco, con una reconocida trayectoria crítica en EE.UU., expone en Melville el resultado de años de exhaustiva investigación y lecciones impartidas a sus alumnos sobre el tormentoso novelista, un genuino Dostoievski americano.

Herman Melville (1819-1891) nació en el seno de una familia neoyorquina acomodada. No tardó en rebelarse contra el papel social “burgués” a que tal condición le abocaba, y se enroló en diversos navíos como marinero y conoció los rincones más exóticos del Pacífico y los Mares del Sur, experiencia que volcó en sus primeras obras y que le valieron un brillante debut literario en la sociedad americana de mediados del siglo XIX.

Sin embargo, la ambición artística del joven Melville no se conformó con este aplauso fácil del público. Poco a poco fue fraguándose en su mente la alegoría de un capitán enloquecido por una búsqueda imposible y suicida: la caza de la ballena blanca que le arrancó la pierna. Lo que parecía “otra de aventuras marinas” fue complicándose y enriqueciéndose con múltiples planos narrativos, eruditos y religiosos, en un delirio de obra total que obsesionó a su autor y probablemente afectó a su equilibrio anímico y mental. Vendría después la incomprensión de crítica y público, la caída de ventas y la miseria económica, los esfuerzos inútiles por reflotar su fama. Como un desconocido, desempeñó durante trece años un deslucido cargo en las aduanas de Nueva York. Su hijo adolescente se pegó un tiro y otro murió prematuramente. Su matrimonio hacía agua. Aún tuvo tiempo para escribir dos excelentes novelas cortas, Benito Cereno y Billy Budd, y un cuento inmortal: Bartleby el escribiente, entre otras piezas.

Así murió, y hasta bien entrado el siglo XX no empezó la crítica a darse cuenta de su categoría literaria, pionera de técnicas y temas de la literatura moderna y profética respecto del devenir del siglo XX. Hoy crece sin parar el interés por su obra.

Los libros de Melville son las pautas que rigen el desarrollo de la biografía de Delbanco, que logra así una acertada síntesis de vida y obra interrelacionadas. El ritmo es ameno y huye de la acumulación erudita. Sin embargo, es un crítico de la escuela social, y al hacer hincapié en el entorno del autor como condicionante de su obra, incurre en algunos excesos que son típica herencia del academicismo posmoderno norteamericano: debate sobre la supuesta homosexualidad del autor -aunque tiende a desmentirla-; cierto determinismo sociológico de las condiciones de clase y raza tanto en la creación como en la recepción de las obras; y lo peor, una acrítica asunción de los postulados freudianos que tiende a multiplicar las claves de significado a partir de supuestos contenidos sexuales.

Hechas estas salvedades, lo importante es que la obra coadyuva al necesario redescubrimiento de Herman Melville.