Melocotones helados

Espido Freire

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Planeta. Barcelona (1999). 328 págs. 2.500 ptas.

La trayectoria literaria de la joven Espido Freire (Bilbao, 1974) es breve pero imparable. En 1998, la editorial Planeta publicó Irlanda, novela cargada de sugerencias que imitaba, tenuemente, la ambientación y el estilo de los relatos góticos. Poco después, con una inusual campaña de promoción, apareció en Seix-Barral Donde siempre es octubre, conjunto de relatos que transcurrían en un mismo imaginario territorio geográfico, donde se conjugaban un tamizado realismo con la incursión en una peculiar literatura fantástica. Melocotones helados, novela que ha obtenido el último Premio Planeta, respira ese mismo aire irreal y poético que las novelas anteriores.

Melocotones helados cuenta la historia de tres generaciones unidas por la tragedia, el destierro y el olvido. La autora la ha definido como “una historia de búsqueda y pérdida de raíces”. La desaparición y trágica muerte de la pequeña Elsa ha marcado la vida de los abuelos, quienes no acaban de superar este suceso; también la de los padres, que crecieron a la fatal sombra de esta muerte; y de las nietas, inseguras y forzadas incluso a llamarse también Elsa. De manera fragmentaria, técnica que tanto gusta a Espido Freire como recurso para provocar la intriga y transmitir insinuaciones, van alternándose pasajes que explican cada una de las vidas de unos personajes tímidamente esbozados.

La novela avanza muy despacio, sin que apenas se den explicaciones a los hechos que se van contando. Parece como si la autora lanzase al lector a resolver un enigma del que sólo se dan unos cuantos datos, como sucede con el episodio de la secta de la Orden del Grial, un forzado recurso narrativo al que no se acaba de encontrar sentido en la novela. Otra vez aparece la geografía ficticia, aunque en este caso es realista y verosímil; otra vez se tiñe todo -el estilo y el argumento- de un misterio que desemboca en la fatalidad, otro recurso literario del que abusa Freire. Otra vez el estilo confunde la ingenuidad hierática con la caída en un tono melifluo y exageradamente infantil.

Refiriéndose al mensaje de sus libros, la autora ha dicho que “nada es lo que parece a simple vista”. Y esa ambigüedad resulta un lastre para esta novela, pues después de más de 300 páginas conociendo las vidas de los miembros de estas tres generaciones, no se acaba de captar qué pretende la ganadora del Planeta. Al final, las historias que parecían sostener la trama se desvanecen en una sucesión de anécdotas insustanciales, carentes de interés y profundidad. Aunque quizá el engañoso estilo provocará la sugestión de que “estoy leyendo la literatura del nuevo milenio”.

Adolfo Torrecilla