Madera de boj

Camilo José Cela

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Espasa. Madrid (1999). 323 págs. 2.900 ptas.

Desde que en 1989 Camilo José Cela obtuviera el premio Nobel de Literatura ya se venía hablando de Madera de boj. Tanta expectativa había levantado esta obra que la publicación en 1994 de El asesinato del perdedor (ver servicio 67/94) y La cruz de San Andrés (premio Planeta 1994; ver servicio 165/94) apenas merecieron el interés de la crítica, que las consideró obras menores, a la espera de ésta.

Si en las dos novelas anteriores el argumento, siempre caótico e intrascendente, era una excusa para engarzar todo tipo de pensamientos y personajes estrafalarios, en Madera de boj no hay ni argumento ni protagonistas. Aquí el interés, por decir algo, lo tiene la Costa de la Muerte, lugar que Cela transforma en símbolo y en escenario de múltiples naufragios que unen el pasado con el presente; este lugar es, también, un mito que enlaza Galicia con las tradiciones célticas y la materia de Bretaña.

Mediante una técnica enumerativa que ya empleó hasta la saciedad en las dos novelas anteriores (y antes en Oficio de tinieblas 5, Mazurca para dos muertos y Cristo versus Arizona), el narrador, que se identifica con el propio Cela, viene a decirnos que en la vida no existe ningún tipo de orden ni estructura y que “la vida no tiene más desenlace que la muerte”. Esta imagen, que domina toda la novela, se va desgranando en pasajes muy cortos, escritos de manera experimental, por donde van desfilando naufragios y ese inconfundible coro de personajes tipificados que forman parte de la España en blanco y negro, ancestral, que Cela ha calificado de carpetovetónica. A diferencia de otras novelas, las tendencias sexuales de sus personajes no son ni tan grotescas ni tan explícitas; en esta ocasión predomina la vena escatológica, en la que Cela, cómo no, es todo un maestro.

Los que gusten del Cela vanguardista encontrarán en Madera de boj su obra más arriesgada, ya que, prescindiendo de los ingredientes básicos de cualquier novela, Cela se vuelca de manera obsesiva en el lenguaje, recreando incluso el “castrapo”, peculiar mezcla de gallego y castellano.

Para los que quedaron agotados y vapuleados con lo último de Cela, Madera de boj supone otra vuelta de tuerca en el mismo sentido narrativo y temático que ni emociona ni conduce a ningún lado; una prueba más de la incapacidad de Cela para construir un argumento y personajes que dejen poso.

Adolfo Torrecilla

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