Los próximos 30 años

Alienta. Madrid (2010). 159 págs. 12 €.

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Existe cierto recelo, en ocasiones justificado, por la literatura para directivos y profesionales cualificados ofrece fórmulas para aumentar la productividad, para convencer mejor y para solventar los conflictos con los jefes. Y si uno se asoma a algunos libros, encuentra una manera aséptica, mecánica y fría de motivar los cambios personales. En este sentido, la obra de González-Alorda, profesor y director del área de innovación del ISEM Fashion Business School, sorprende no sólo por la pasión con la que aconseja a los jóvenes profesionales, sino porque subraya una dimensión que tiende a olvidarse en el frenético mundo de la empresa: quien busca ser bueno sólo en su profesión, olvidando otras esferas de su vida, está condenado al fracaso.

Los próximos treinta años combina el sentido común de los clásicos con el aporte de las nuevas tecnologías y la perspectiva del liderazgo empresarial. Cada uno, dice el autor, ha de decidirse a vivir la vida como espectador o como protagonista: lo segundo es esforzado y exigente, pero lo primero es tremendamente desconsolador.

Una vida plena, tanto desde el punto de vista profesional como personal, se construye sobre tres pilares: crecer uno mismo, hacer crecer a los demás y contribuir, aunque sea mínimamente, a cambiar el mundo. A primera vista, esto puede sonar algo utópico, pero con los consejos del autor parece relativamente sencillo. Hay que empezar cambiando, eso sí, el foco y la perspectiva desde la cual observamos y nos enfrentamos a la realidad.

El libro es, pues, una llamada a buscar la excelencia personal, más allá de la mera adaptación a los cambios tecnológicos. Compartir el saber, ser disciplinado, estar dispuesto a aprovechar el tiempo, divertirse mientras se aprende, tener un maestro -o un discípulo- que nos oriente en nuestros éxitos o nuestros fracasos, buscar la amistad desinteresada, viajar y ver, despertarse esperanzado, cultivarse intelectual y espiritualmente… En definitiva, González-Alorda nos insta a convertir nuestra vida en una obra de arte, sujeta a la proyección de los sueños, versátil y, sobre todo, satisfactoria.

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