Los pescadores

Ediciones del Viento. A Coruña (2009). 240 págs. 11,06 €. Traducción: María Tecla Portela Carreiro.

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Raúl Brandao (1867-1930) es uno de los máximos representantes de la literatura portuguesa de las primeras décadas del siglo XX. Participó en todas las polémicas estéticas de su tiempo, que dejaron huella en sus novelas y obras de teatro. Nació en el pueblo de Foz de Douro, en Oporto, en el seno de una familia de pescadores. Aunque comenzó estudios universitarios, pronto los abandonó para dedicarse a la carrera militar, que compaginó con su intensa apasionada dedicación a la literatura. En 1901, cuando ya vivía en Lisboa, se aproximó a los círculos anarquistas. Se cuenta que uno de los anarquistas con los que se reunía le dio este consejo “Si quiere ser escritor, hable de los pobres”. El consejo dio sus frutos, pues las principales obras de Brandao –Os Pobres (1906) y Humus (1917)- tienen como preocupaciones de fondo el retrato social de un tipo de vida para el que se inspira en Tolstoi y Dostoievski.

Los pescadores (1923) es, junto con As Ilhas Desconhecidas (1926), su libro más costumbrista. Todo él es un homenaje a la vida de los pescadores de su tierra portuguesa, país siempre volcado hacia el mar, “que depende del mar y vive del mar”. Con un estilo lírico, Brandao busca apresar los sentimientos más profundos de una manera de entender la vida y la muerte. Por sus páginas aparecen diferentes maneras de entender la pesca, pero, eso sí, todos los personajes parecen marcados por la tragedia que acompaña sus vidas. El tono costumbrista hace todavía más agradable el libro, que se convierte en una lección de geografía humana y social, pues Brandao recorre Portugal desde su norte natal hasta el sur, pasando por Nazaré. Peniche, Sesimbra, Setúbal, Lisboa…, lugares tan distintos a pesar de que sus gentes se dedican casi a las mismas faenas.

Brandao siente simpatía por este modo de vida, del que él sabe que forma parte. Por eso se identifica con las duras vidas de los pescadores y de sus mujeres, que ocupan un lugar específico en el entramado familiar, social y profesional de la pesca. Charla con sus gentes en las tabernas; visita sus casas; asiste a improvisadas subastas. Y sale a faenar como un pescador más. Todas las escenas están descritas con un estilo muy cuidado, lírico, atento al mensaje poético de lo que está viviendo: “Ahora el barco se encalló y el agua está dorada hasta donde la vista alcanza. Me dejo estar, mirando hacia el fondo de la arena. A mi lado hay un verde que ninguna paleta puede lograr, un verde vivo, un verde traspasado por la luz que se cuela por los cañaverales…”. Su objetivo estético es contar lo que ve no como si fuese un mero paisaje, sino como un profundo sentimiento del alma.