Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo

Almuzara. Córdoba (2007). 172 págs. 13,50 €.

GÉNERO,

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José Javier Esparza, periodista y escritor especializado en crítica de la cultura, invita a la reflexión sobre “el divorcio entre la creación contemporánea y la sensibilidad común”. En un ensayo ágil y directo describe ocho rasgos del arte actual, que le sirven para explicar por qué una sociedad no puede reconocerse en el arte que ella misma genera; de ahí la imputación de “pecados”.

El primero de ellos, la enfermedad de lo nuevo caracteriza al arte contemporáneo porque se convierte en un objetivo en sí, en “la expresión de la búsqueda de una novedad imposible”. La desaparición del referente visible constituye el segundo rasgo; el autor describe cómo desde el siglo XIX el artista ha luchado por superar la mimesis. Sin embargo, en este proceso el vertiginoso ritmo de experimentaciones y el rechazo a cualquier referencia a la representación física impide que la obra en nuestros días sea inteligible para el espectador.

Los nuevos materiales se convierten en objeto artístico en una frenética búsqueda por la novedad en el tercer pecado al que llama el soporte insoportable. “Si todo puede ser arte, es que no hay nada que por sí mismo lo sea”. La idea contemporánea de que todo es susceptible de ser utilizado implica “la estetización general del mundo de los objetos”. Para el autor, el problema que plantea la introducción del arte electrónico acerca de la expresión de sentimientos espirituales, depende de la capacidad del artista para transmitir lo que lleve dentro.

El espectador no es ajeno al imperio de lo efímero en muchas de las creaciones de nuestro tiempo. Esparza señala con acierto cómo algunas obras se crean para desaparecer (performances, happenings); las vanguardias no se suceden, se transforman en olas que se dan al mismo tiempo. Su éxito radica en la aptitud para estar en circulación; se busca lo efímero también en los materiales, y es “el arte de una sociedad que se reconoce en la fugacidad”. La vocación nihilista revela que el empeño del arte de hoy por conseguir una “mayor pureza posible en la expresión” conduce a la abstracción, o bien destruye “las referencias estéticas anteriores” y favorece la reducción formal; finalmente acaba por desembocar en la negación de la existencia del objeto.

La sintonía con un poder concebido como subversión reflexiona sobre el giro entre las vanguardias del primer tercio del siglo XX, frente al arte contemporáneo “que pone su discurso subversivo al servicio del propio poder”. Es arriesgado dejar de ser “contemporáneo”.

La causa del séptimo pecado, la subjetividad náufraga, se halla en la incomunicación. El artista no habla el mismo lenguaje que su interlocutor porque lo que le importa es su propia subjetividad. Para el autor, todos estos “pecados” se encierran en uno: el destierro de la belleza. Se puede negar absolutamente su existencia o “hacerla reposar únicamente sobre la mirada del espectador”.

Relativizar y prescindir de los fundamentos del arte conduce a un culto deliberado de la fealdad; esto es una muestra invertida de la vigencia permanente de la belleza, señala Esparza. Superar el nihilismo, cambiar la vía de expresión, es la “penitencia” que permitiría abrir nuevas perspectivas, positivas.

Teresa Herrera Fernández-LunaACEPRENSA

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