Los mejores cuentos

Navona. Barcelona (2009). 272 págs. 12,50 €. Traducción: Vicente Campos y Gemma Martínez.

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Los mejores cuentos de Francis Scott Fitzgerald, publicados por la editorial Navona, suponen una oportuna recuperación de siete excelentes narraciones de este escritor de la llamada “Generación Perdida”.

Oportuna en un doble sentido: primero, porque incluye El curioso caso de Benjamin Button -también reeditado por Lumen en 2008, y cuya adaptación cinematográfica ha sido uno de los éxitos de la temporada-; pero, sobre todo, por la vigencia en estos tiempos críticos de sus temas más universales y reconocibles, como la adoración a ese tótem veleidoso que es el dinero.

Así sucede, por ejemplo, en El niño bien, un amargo relato sobre aquellos que nacen ricos y que “en lo más hondo de sus corazones, se creen mejores que nosotros”, tal como resume el narrador, un trasunto de Nick Carraway -la voz omnisciente de El gran Gatsby-, a propósito del protagonista, Anson Hunter. Éste rechaza varios compromisos amorosos, en la idea de que la vida no dejará de concederle nuevas prórrogas y oportunidades, hasta que, de hecho, pierde toda capacidad de sentir algo profundo por los demás.

El fracaso vital se repite en otras historias, como Retorno a Babilonia o Un viaje al extranjero, y en ambos casos por la recurrente fascinación que muestran sus personajes hacia los aspectos más materiales y, en ocasiones, sórdidos de la vida.

No obstante, la mirada de Fitzgerald solo podía ser la de alguien que había ganado más de 400.000 dólares en sus años de esplendor -según apunta su biógrafo Scott Donaldson en Ansia de amor-, pero a quien la vida pasó luego una terrible factura, sellada por el alcohol, la locura de su mujer Zelda, y el abandono. De ahí que el deseo de reconquistar “la paz, el amor y la salud”, que mueve a la pareja de Un viaje al extranjero, impulse a sus criaturas a seguir luchando para salir adelante.

La antología que nos ofrece Navona nos permite, además, gozar con la pintura de tipos y paisajes del Viejo Sur, en los relatos El palacio de hielo y La última belleza sureña. “Le agradaba especialmente hostigar a los del Sur”, recuerda Donaldson en su biografía; y, sin embargo, los retratos que Fitzgerald ofrece sobre las gentes de Tarleton -una imaginaria población de Georgia que, en realidad, evoca los recuerdos del escritor en Alabama- están tocados por una gracia y una ternura indescriptibles. Es ahí donde el autor de Suave es la noche exhibe sus mejores armas para captar la nostalgia de una juventud perdida y arbitrariamente idealizada.

En el relato que abre el libro, Bernice a lo garçon, escrito a sus 24 años y publicado originariamente en Flappers y filósofos, nos encontramos, precisamente, con una muestra de ese idealismo caprichoso e inmaduro. La historia de una muchacha tímida que aspira a convertirse en una “chica moderna” es, también, la crónica de una venganza pueril y la enunciación de que la sociedad exalta la apariencia física por encima de las cualidades interiores de las personas.

Por último, El curioso caso de Benjamin Button es una historia fantástica, en el sentido exacto de la palabra, acerca de un bebé que nace en la ancianidad y va rejuveneciendo a lo largo de los años. La idea, original, atípica e inspirada vagamente en una frase de Mark Twain, desaprovecha tal vez las múltiples posibilidades que se le abrían; pero, en manos de un artesano tan cuidadoso, nunca pierde interés.

Fitzgerald, cronista de la era del jazz, vivió lo suficiente para conocer la quiebra de un sistema que, en su brutal ligereza, apisonó los sueños de un país y unas gentes que se creían inmaculados. Al final, este conjunto de ficciones sirven para ilustrar una época hermosa y maldita, que, como en el cuento de Andersen, se acostumbró a vivir demasiado tiempo con el traje nuevo del emperador y se vio desnuda y frágil cuando ya era tarde.