Los hijos del emperador

RBA. Barcelona (2007). 480 págs. 21 €. Traducción: Patricia Antón.

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La estadounidense Claire Massud, que suma con esta su tercera novela, acomete una empresa flaubertiana de disección sociológica y psicológica que recrea las vidas insustanciales e ingenuamente ambiciosas de una serie de personajes de clase media-alta en Nueva York antes de los atentados del 11-S.

Tres amigos, treintañeros y periodistas -Danielle, Marina y Julius- arrastran la frustración de sus ideales universitarios y tratan de emprender la tarea que les reporte el éxito profesional y el orgullo de sí mismos. Danielle es una productora de televisión en busca del tema que le permita realizar el documental de su vida; Marina, la atractiva hija del ínclito líder de opinión Murray Thwaite, intenta acabar el libro que le granjee un reconocimiento independiente de su ilustre apellido; y Julius, homosexual promiscuo y diletante con cierto talento, malvive de colaboraciones y reseñas porque su falta de voluntad lo deja a merced de su impulsiva vida sentimental (sexual más bien).

Los hijos del emperador alterna en sus capítulos las tramas entrecruzadas de uno u otro, asomándose a la conciencia de cada personaje mediante un uso perspectivista de la narración -estilo indirecto libre- que le ha valido a Massud un no muy desencaminado parangón con Henry James. En efecto, la faceta compositiva es el principal valor de la novela, sometida a un control muy trabajado de presentación y ritmo de los hechos contados, lo cual produce un efecto de escrupulosa verosimilitud que acaba envolviendo por completo al lector en la historia.

Sin embargo la pregunta es si no está desaprovechado tanto esfuerzo. Para empezar, la trivialidad de tan detallada intrahistoria casi disuade de la lectura hasta que se sobrepasa el centenar de páginas y el artefacto empieza a tomar forma. Y luego la recompensa de los pacientes se ve lastrada porque la propia autora se contagia de la banalidad de sus personajes. Nos ofrece ejemplos de desorientación vital, de idealismos de salón, de las miserias del pragmatismo, pero su tratamiento ficcional carece absolutamente de la tensión dramática de una verdadera obra maestra. El 11-S sólo funciona como epílogo.

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