Los culpables

Anagrama. Barcelona (2008). 164 págs. 15 €.

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No es frecuente que los libros de cuentos se ofrezcan con una unidad temática tan considerable como éste. Demasiadas veces los requerimientos comerciales piden al narrador que se centre en el proyecto de una novela, mientras que sus cuentos se van amontonando a lo largo del tiempo hasta que, poco a poco, llegan a un número suficiente y se publican en volúmenes que vienen a ser una especie de cajón de sastre. Por eso la tentativa del autor (y de su editor, por cierto) de dar a luz un libro de cuentos de una unidad tan orgánica como Los culpables merece ya una cierta consideración.

Los seis relatos y la novela breve que integran este volumen tienen como denominador común el tener como protagonista a un personaje que se considera culpable de algún hecho cometido en el pasado. Desde Juan Rulfo la literatura mexicana ha transitado por el tema de la culpa con variada fortuna, pero siempre con la idea de que ésta constituye una parte fundamental del ser nacional.

Sin embargo, frente a los diagnósticos severos y solemnes de antaño, Los culpables es un libro inteligente y ligero, con momentos francamente divertidos y otros, en cambio, que, en su frenesí desmitificador, entran de lleno en una obscenidad espectacular. Éste es el caso del primer relato dedicado a un cantante de mariachis que, harto de su éxito, decide triunfar en el cine y acaba convirtiéndose en icono del cine porno. En un tono menos carnavalesco discurren los demás relatos, si bien todos manifiestan la habilidad del autor en captar el habla oral de los muy diversos personajes que cuentan su propia historia: un futbolista fracasado, un ejecutivo que padece continuamente de jet lag, un turista extravagante que viaja por todos lados con su amante y una iguana… Acaso el texto más logrado sea “Amigos mexicanos”, la novela breve con la que se cierra el libro, una divertida parodia de los estereotipos del país a través de la mirada libresca de un periodista norteamericano.

El escepticismo posmoderno tiene dos caras: o bien ataca la validez de cualquier tipo de creencia o ideología, y el resultado es desgarrador; o bien, como acostumbra a suceder, elige reírse de cualquier discurso que se presente como absoluto. Villoro se ha decidido por la segunda solución, que tiene la ventaja de ser menos trágica y el inconveniente de la mayor levedad. A veces los cuentos acaban bien, pero esto no debe engañarnos, porque el tono burlón lo impregna todo. Los finales felices no lo son tanto; lo que sucede tal vez es que Villoro evita cuidadosamente cualquier exceso patético, porque nada le convence lo suficiente, ni siquiera la tragedia.