Los campos de concentración soviéticos y nazis

Libros en torno a un tema

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Estos estremecedores testimonios sobre los campos de concentración soviéticos (1) y nazis (2) deberían ser un recordatorio sobre la existencia del mal, que no puede ser desterrado con la simple proclamación de unos valores cívicos fundamentados solo en el consenso social. A este respecto, nos recuerda Anne Applebaum, redactora del Washington Post y ganadora del Premio Pulitzer 2004 por Gulag, que su libro no ha sido escrito con la seguridad de que esos sucesos no volverán a repetirse.

No lo cita, pero se ha podido ver hace pocos años en las tierras de la antigua Yugoslavia. Allí se aplicó a las personas la categoría de “enemigo objetivo”, el mismo pretexto que sirvió para enviar a los campos de concentración en la Alemania nazi o en la Rusia soviética. Aquellos que no piensan según la doctrina oficial del Estado o los que pertenecen a una etnia considerada como encarnación de todos los males, y es el caso de los judíos, son demonizados y se los destina a la muerte o a un sinfín de humillaciones para privarles de su condición de seres humanos. Tales son los frutos del odio, el ingrediente indispensable de los mesianismos políticos de cualquier signo.

Lo vemos también en Auschwitz, de Laurence Rees, un galardonado realizador de documentales para la BBC: el odio es también compañero de la frialdad y la indiferencia, como se pone de manifiesto en aquellos médicos nazis que experimentaban con sus víctimas, queriéndose convencer de que extirpaban un apéndice gangrenoso en el cuerpo de la humanidad. Las conversaciones que ha mantenido el autor con algunos de los verdugos, todavía supervivientes, demuestra hasta dónde ha llegado la banalización del mal.

Según Rees, corresponde a cada generación redescubrir los horrores de los totalitarismos, de modo que sean una advertencia para quienes vengan después. Pero el problema, tal y como señala Applebaum, sigue siendo el doble rasero para medir las atrocidades soviéticas y nazis. La estrella roja sigue teniendo mejor prensa que la esvástica. Es difícil, por tanto, exigir igualdad de reconocimiento en el horror para los campos nazis que para los soviéticos, aunque el número de víctimas de éstos sea mayor. A esta conspiración de silencio contribuyen muchos ciudadanos rusos, que conservan la nostalgia de la “Rusia potencia” y no desean hurgar en un pasado que despertaría la mala conciencia ante actitudes de pasividad y complicidad.

Estamos ante dos libros perturbadores, pues no son meras obras de historia en las que lo importante sea saber cuántos murieron: 1.100.000 personas en Auschwitz, y un número desconocido entre los 28.700.000 recluidos en el Gulag a lo largo de siete décadas. Sin embargo, Auschwitz no es tanto un libro sobre la génesis y el desarrollo de la “solución final” sino la historia de una planificación “industrial” de la muerte en un campo determinado, sin duda el de mayor renombre, a lo largo de todo el conflicto mundial. Gulag, por el contrario, no se centra en un campo determinado, aunque sea particularmente destacado el relato de los sucesos en los primeros campos situados en las islas del Ártico.

En todo caso, constituye un buen complemento a la conocida obra de Solzhenitsyn, pues el libro del Nobel ruso se ocupaba principalmente de los campos estalinistas. Estamos ante una obra de referencia, aunque en el caso de la versión española –y de la alemana, de la que procede– no se incluye el texto íntegro de la obra original, sin dejar de ser por ello un libro de gran extensión.

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(1) Anne Applebaum. Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos. Debate. Barcelona (2004). 670 págs. 25 €. T.o. Gulag. A History. Traducción: Magdalena Chocano Mena.
(2) Laurence Rees. Auschwitz. Los nazis y la ‘solución final“. Crítica. Barcelona (2005). 439 págs. 24,90 €. T.o.: Auschwitz. The Nazis and the ‘Final Solution“. Traducción: David León y Luis Noriega.

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