Lo que me queda por vivir

Seix Barral. Barcelona (2010). 272 págs. 18 €.

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Guionista y exitosa autora de libros infantiles, con Una palabra tuya, Elvira Lindo consiguió el Premio Biblioteca Breve. Antes había publicado Algo más inesperado que la muerte y después publicaría El otro Barrio (2008). Sus novelas suelen estar protagonizadas por mujeres independientes y luchadoras y están ambientadas en una realidad poblada de personajes y problemas muy contemporáneos.

Lo que me queda por vivir es su obra más personal y autobiográfica. Utiliza para la ficción su propia trayectoria personal. La protagonista, Antonia, regresa a Madrid con 26 años y un hijo de cuatro, Gabriel. Se ha separado de su marido e inicia una nueva vida en el Madrid de la década de los ochenta, en plena Movida. La novela está escrita en primera persona y describe el mundo interior de la autora en un contexto duro y difícil para salir adelante, en una España que se cuestiona a sí misma y sus valores, y en plena eclosión e imitación de otras costumbres que se asimilan a toda velocidad. Antonia habla de su trabajo, de sus relaciones personales, de sus amigos, de su familia y, especialmente, de su hijo, que le sirve de baluarte para crecer y encontrar un sitio en la vida.

“El recuerdo todo lo literaturiza”, dice en un momento la protagonista. Y resulta una frase que resume muy bien Lo que me queda por vivir. Si en sus otras novelas el realismo de sus protagonistas se imponía, por su garra y fuerza, a la implícita moraleja que transmitían las peripecias de sus personajes, aquí impera más el análisis introspectivo que la pura narración. Antonia analiza y literaturiza su mundo interior, sus problemas familiares, la relación con su marido y pretendientes; y, partiendo de su propia experiencia, también analiza en clave sociológica la ruptura que se da en la España de los ochenta entre una sociedad tradicional y otra que rechaza los valores imperantes, su moral y sus costumbres. La protagonista, y lo subraya repetidamente la autora, es una buena muestra de esa otra España, aunque no cae en falsas idealizaciones.

Quizás por la directa implicación de la autora en todo lo que cuenta, y eso que lo intenta, la novela no acaba de cuajar pues ni la protagonista ni la ambientación consiguen superar esa literaturización de una experiencia. Todo hubiese sido distinto también si la autora manejase un estilo más cuajado y un sentimentalismo -posmoderno, eso sí- muy epidérmico.