Literatura y vida

Augusto Monterroso

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Alfaguara. Madrid (2004). 240 págs. 12,50 €.

“La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo”. Este podría haber sido el epitafio de Monterroso (1921-2003, ver servicio 39/03). En este libro se han reunido algunos textos que el autor no publicó nunca. Andaba trabajando, quizás, en un probable nuevo género, conjunción de conferencia, ensayo, cuento, apunte autobiográfico, ponencia, confesión, siempre a vueltas con la preceptiva a la que habían de ajustarse (o no) sus escritos. En esta obra hay un poco de todo eso y giran, predominantemente, en torno a cuestiones literarias, no teóricas sino sacadas de su propia experiencia de lector-escritor. Habla de sus amigos, de sus luchas y exilios políticos, de sus libros y cuentos, de sus admiraciones literarias, de sus conclusiones sobre qué es cuento y qué ensayo.

El respeto por los escritores grandes que le han precedido, por la palabra escrita (y más, por la publicada), convirtieron el quehacer literario de Monterroso en una continua pugna contra el perfeccionismo y las dudas, y sólo tras muchos años, y muchas podas, accedía a dar por bueno un texto para la imprenta. Todas sus piezas se parecen en la perfección formal y en la intensidad conceptista y están llenas de verdad literaria. Esto se consigue en parte -lo explica en uno de los artículos de este libro- compartiendo internamente las emociones de sus personajes y escribiendo sólo sobre cosas que verdaderamente conmuevan al escritor. Otra característica de su literatura es la simpatía que despierta: el escritor, como persona, es sencillo y sincero y, como literato, mantiene un tono permanente de elegante humor (unas veces más erudito y otras más epicúreo y paródico).

Es valiente declarar una poética rendida a la perfección, pues sus lectores obligadamente le van a juzgar así. Como ya sabemos, también en esta ocasión, sus textos (y esperemos que queden más) pasan la prueba. Y no importa que sean breves: al terminarlos, resisten una vuelta a empezar de la que puede resultar un nuevo libro. Es la ventaja que tienen los clásicos.

Javier Cercas Rueda

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