Las viudas de los jueves

Alfaguara. Madrid (2007). 246 págs. 17,50 €.

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Llega a España esta excelente novela argentina galardonada con el premio Clarín de novela 2005. Escrita de forma ágil y organizada en torno a una estructura muy bien trabada, describe la vida aparentemente idílica en un “country” porteño, una urbanización cerrada para ricos, durante la Argentina de los años noventa.

En Altos de la Cascada, una exclusiva zona de acceso restringido, un grupo de amigos se reúne todos los jueves en casa de uno de ellos, lejos de sus respectivas esposas e hijos, para cenar, beber y divertirse. Sus mujeres se resignan, distraídas como están con sus compras, el cuidado de sus jardines o sus clases de filosofía oriental. Se llaman a sí mismas, bromeando, “las viudas de los jueves”. Pero una noche se produce una tragedia que destapa el lado oscuro de la vida en la que están todos inmersos.

El relato, que algo tiene de policial en su estructura, sigue los destinos de unos pocos personajes representativos a través de una forma objetivista y extraordinariamente eficaz, puesto que prescinde de moralinas en una historia que contiene un profundo sentido ético. Ese estilo seco y gráfico que exhibe la autora puede recordar en ocasiones al de cierta literatura norteamericana (Cheever, Capote), así como a su propia formación de guionista de televisión. A lo largo de las páginas se muestra con agudeza y veracidad el drama de tantas familias actuales que carecen de recursos humanos y morales para enfrentarse a situaciones difíciles. Además, Claudia Piñeiro manifiesta una sensibilidad particular para reflejar un conflicto en relación con otras situaciones frecuentes. Así sucede con las separaciones y las reacciones de parientes y amigos, la violencia doméstica en relación con las frustraciones matrimoniales o las rebeliones adolescentes vinculadas a la desatención paterna.

Sin embargo, uno de los puntos más sólidos de esta novela reside sobre todo en la inteligente pintura de la Argentina que va desde el ascenso de Ménem hasta el famoso corralito. El ambiente hipócrita de tanta gente que vive de espaldas a la realidad está magníficamente representado, lo mismo que la inconsciencia de unos personajes que viven sin darse cuenta de la miseria real que hay más allá de la paradisíaca urbanización y que trabajan de una forma inmoral, sacando partido de negocios oscuros. Más tarde, cuando el país se derrumbe económicamente, también los ricos llorarán, víctimas ellos mismos del sistema improductivo en el que estaban encerrados. Y es entonces cuando se desplomarán también las caretas y se revelarán las verdades más amargas para muchos.

Javier de NavascuésACEPRENSA

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