Las tres heridas

Planeta.
Barcelona (2012).
640 págs.
21,50 €.

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Autora de tres novelas de ambiente medieval, Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962) se atreve ahora con el siglo XX y publica un equilibrado fresco de la guerra civil y la posguerra.

La trama se inicia en nuestros días, con la investigación de un profesor viudo que adquiere en el Rastro madrileño la fotografía de una joven pareja, fechada en Móstoles el 19 de julio de 1936. A partir de esa imagen, y de las cartas que la acompañan, el lector penetra en la historia de Andrés y Mercedes, un matrimonio fracturado por el estallido de la guerra. Él, propietario de unas tierras, ha sido detenido por los leales a la República y sometido a trabajos forzados; ella, embarazada de su primer hijo, sobrevive como puede en la retaguardia. Su historia se entrelaza con la de la familia de Eusebio Cifuentes, un rico médico de la capital, cuyo hijo Mario ha sido encarcelado por los milicianos. La hermana de Mario, Teresa, trata de liberarlo con la ayuda de su novio, un militante socialista que aspira a ser escritor y mantiene intensos coloquios con Miguel Hernández y Ramón J. Sender.

Y, para que la llama argumental no se apague, una intriga, que hace del profesor viudo un moderno Sherlock Holmes, atrapa al lector hasta las páginas finales, que resuelven el misterio y desvelan las relaciones ocultas entre los personajes.

Varios relatos confluyen, pues, en esta epopeya sentimental, que mantiene el interés y convence por la creíble reconstrucción de los hechos y los escenarios (Sánchez-Garnica es historiadora y el oficio se le nota en los detalles). La novela rehúye el maniqueísmo (“Los malnacidos están en ambos lados”, resume Teresa) y se centra en las emociones de las víctimas, en una línea de serial de categoría, capaz de lidiar con una gran variedad de temas y de dar vida a multitud de personajes de distintos estratos sociales.

Puede, en fin, que Las tres heridas no suponga una aportación sustancial a la literatura escrita sobre la Guerra Civil, pero cabe elogiar su honestidad y el sutil ribeteado de historias individuales con que la autora guarnece el traje de aquel drama colectivo.