(Nueva versión de la reseña publicada el 13 de febrero de 2002)
Las palabras de la noche es un buen ejemplo del sutil y delicado modo de narrar de Natalia Ginzburg (1916-1991), cuyo prestigio no para de crecer. En esta novela de 1961 se entrelazan dos historias. Por un lado, las peripecias amorosas de la narradora, Elsa, quien cuenta su amistad con Tomassino y sus fracasados planes matrimoniales. Por otro, y como un largo paréntesis entre medias, se reconstruye la vida de la familia de Tomassino, símbolo también de una familia italiana burguesa, antes y después del auge y la caída del fascismo italiano.
Destaca la habilidad con que Ginzburg se mete en el interior de los personajes. Con leves trazos, describe su psicología y lo más destacado de su biografía. Reconstruyendo estas vidas, muestra también, de una manera difuminada y con sentido crítico, muchas cosas del alma italiana en ese momento histórico concreto.
También se muestran las limitaciones de una vida local asfixiante y estrecha. Como escribe Colm Tóibín en el prólogo de esta nueva edición: “En Las palabras de la noche, Ginzburg se propone escenificar los acontecimientos con infinitas ramificaciones en las vidas de unos personajes sutiles y complejos y que tienen mucho que ocultar, en particular, emociones a flor de piel. Los deja hablar por sí mismos, pero, más importante incluso, les permite guardar silencio, no revelar nada”.
Como en Léxico familiar, una de sus obras más leídas, la prosa de Ginzburg es un ejemplo de finura. La habilidad y originalidad en el manejo de los diálogos permiten conocer mejor las interioridades de unos personajes algo complejos y entrañables, vistos siempre con la mirada condescendiente de la autora.