Las intermitencias de la muerte

TÍTULO ORIGINALAs intermitências da morte

GÉNERO

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José SaramagoAlfaguara. Madrid (2005). 280 págs. 19,50 €. Traducción: Pilar del Río.

Aunque José Saramago (1922) ejerce de comunista sin fisuras en su ajetreada y polivalente vida pública, sus obras no se reducen a una particular reactualización del realismo socialista, ni a una maniquea crítica de los males del capitalismo. En ellas suele aparecer su pesimista y desencantada visión del mundo, que transforma en fábulas fantásticas y morales con un comedido contenido ensayístico. Tras superar el esquematismo ideológico de sus primeras obras, Saramago escribió sus mejores novelas precisamente antes de que le concediesen el Premio Nobel: “Ensayo sobre la ceguera” (1996) y “Todos los nombres” (1998), en las que, desde una perspectiva un tanto kafkiana, aborda cuestiones agónicamente existenciales. Luego vinieron “La caverna” (2001), “El hombre duplicado” (2003) y “Ensayo sobre la lucidez” (2004), novelas donde mantiene su exigencia estilística pero plantea cuestiones mucho menos interesantes.

“Las intermitencias de la muerte” parte de una situación imposible: en un pequeño país innominado, “al día siguiente no murió nadie”. A partir de esa ingeniosa frase original, Saramago se inventa una fábula sobre las consecuencias sociales de este hecho que plantea cambios sustanciales en la vida de las personas. Lo que al principio parecía la ansiada conquista de la inmortalidad, poco a poco se demuestra la peor de las desgracias. La misma situación había sido explorada ya, con más fuste intelectual, en la novela de José Julio Perlado “Contramuerte” (1984).

La novedad de la trama se agota a las pocas páginas -más que nada porque Saramago ironiza con un tema que podría haber tenido más calado trascendental- y lo que viene después es una sucesión de instantáneas más o menos lúdicas y trágicas que ponen en evidencia el absurdo de esta situación. El tema, pues, se reduce a esperpénticos episodios en los que, de vez en cuando, el Nobel portugués critica de manera burda a la Iglesia católica. Novela, pues, sin sustancia argumental que demuestra, además, el acelerado proceso de agotamiento de un peculiar estilo narrativo.

Adolfo Torrecilla

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