Las ciudades blancas

TÍTULO ORIGINALDie weissen Städte

GÉNERO

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Minúscula. Barcelona (2000). 103 págs. 1.100 ptas. Traducción: Adan Kovavsics.

Con este libro, una nueva editorial inicia su andadura con buen pie. Joseph Roth (1894-1939), uno de los mejores escritores centroeuropeos del siglo XX, fue un gran viajero, autor de novelas y ensayos, y corresponsal en París del Frankfurter Zeitung, hasta que sus escritos se prohibieron en la Alemania nazi. Dice al final del libro que, de su recorrido por la Provenza, “se lleva lo mejor que puede dar una patria: la añoranza”. Y el lector no sabe qué sería preferible, si viajar a esa región francesa o quedarse en casa con las magistrales páginas de Roth. Se trata de un recorrido por Lyon, Vienne, Tournon, Aviñón, Les Baux, Nimes, Arles, Tarascón, Beaucaire y Marsella, cuando el escritor contaba treinta años, después de una juventud desperdiciada por culpa de la Gran Guerra.

Roth es un gran observador y describe detalles de paisajes, de monumentos, de personas de un modo variado, preciso y convincente. Pero, además, es un observador inteligente y culto y, detrás de los detalles, descubre innumerables sugerencias enriquecedoras: la belleza de un trabajo y su influencia en el carácter de las personas, las huellas de la historia en unos rasgos, la grandeza de la cultura clásica, la universalidad del catolicismo… Roth es cosmopolita y, además, recién salido de los horrores de la guerra, presagiaba los que se avecinaban. Por eso es tan buen guía para caminantes que de veras quieran serlo.

A pesar del tiempo transcurrido, sus palabras no han perdido actualidad y son todo un aviso para los habitantes de la vieja Europa. Así se expresa tras su visita a Aviñón: “¡Qué ridículo es el temor de las naciones, incluso de las naciones con convicciones europeas, a que este o aquel ‘rasgo diferencial’ se pierda y a que la humanidad multicolor se convierta en una gris papilla! ¡A más mezcla, más rasgos diferenciales! No viviré ese bello mundo en que cada individuo representará el todo, pero ya percibo el futuro cuando me siento en la Plaza del Reloj y veo brillar todas las razas de la tierra en el rostro de un policía, un mendigo, un camarero. Es el grado supremo de la ‘humanidad’. Y la ‘humanidad’ es la cultura de Provenza, cuyo gran poeta Mistral respondió asombrado a la pregunta de un erudito deseoso de saber qué razas vivían en esa parte del país: ¿Razas? ¡Pero si hay un solo sol!”.

Luis Ramoneda