Las benévolas

RBA. Barcelona (2007). 1.200 págs. 25 €. Traducción: María Teresa Gallego.

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Desde su aparición en 2006, Las benévolas se ha convertido en todo un fenómeno editorial en Francia, con cerca de un millón de ejemplares vendidos. Littell nació en Nueva York en 1967; desde los tres años vive entre Francia y Estados Unidos, aunque en la actualidad reside en Barcelona. Escribió esta novela en francés, idioma del que se considera heredero, a pesar de que su padre, Robert Littell, es un reconocido autor norteamericano de novelas de espionaje. La obra obtuvo en Francia el premio Goncourt y el de la Académie Française.

Littell ha trabajado durante años en diversas ONG que le han puesto en contacto con diferentes conflictos bélicos internacionales. Este trabajo, según el autor, es el origen de esta monumental novela, una desbordante reflexión sobre los límites morales entre el bien y el mal. Su narrador es Maximilien Aue, un antiguo oficial nazi que, por los servicios prestados, consiguió ascender a teniente coronel. Finalizada la guerra, escapa a Francia. Allí reconstruye su vida y con la distancia decide poner por escrito, con bastante sarcasmo y sin nada de arrepentimiento, su experiencia personal.

Doctor en Derecho, hijo de una francesa, Auen es un hombre muy culto, que lee a los clásicos en latín y griego, que domina la literatura francesa, amante de la música, interesado por la filosofía. Implicado en un escándalo homosexual, decidió ingresar en las SS. Enamorado perdidamente de su hermana Una, vive con ella un enrevesado episodio de incesto. La novela contiene numerosos pasajes donde se disecciona su atractivo por la perversidad sexual y por el sadismo.

Littell quiere novelar su fascinación por el horror, tanto el protagonizado por Aue, una persona carente de escrúpulos y sin el más mínimo remordimiento por todo lo que ha hecho, como el horror institucionalizado en el régimen nazi, descrito de manera exhaustiva. Detrás hay un gran trabajo de documentación, apabullante, que pormenoriza la maquinaria de exterminio nazi. Estas páginas descompensan el tono y el ritmo de la novela, pues esa exhaustiva verosimilitud ambiental no guarda mucha relación con la sustancia de la novela, que es el retrato del alma del protagonista. La narración está plagada de todo tipo de digresiones dedicadas a la literatura, la metafísica, la música, la filosofía, etc., con las que Littell quiere mostrar la humanidad de los verdugos, además de darles la voz.

Little ha creado con Maximilien Aue un personaje de laboratorio, inverosímil; más una idea que una realidad. Eso sí, responde a la intención última de la novela: mostrar la natural presencia del mal en muchas personas, capaces de dedicarse a exterminar judíos a la vez que se disfruta con la exquisitez de la música clásica.

Novela excesiva, desmedida en todas sus facetas, que coquetea superficialmente con la moral sin esquivar los valores políticamente correctos y que, con delectación, se regodea en mostrar el rostro del mal.

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