La voz del aprendizaje liberal

Katz. Buenos Aires (2009). 217 págs. 22 €. Traducción: Ana Bello.

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Michael Oakeshott (1901-1990) fue un filósofo político británico, muy influyente en el conservadurismo liberal anglosajón y, sobre todo, brillante, polémico y exquisito. Sus textos sobre la utilidad de las tradiciones y su continua apelación al sentido común constituyen interesantes contrapuntos a toda la rémora academicista y sociológica de la teoría política actual.

Esta recopilación de artículos trata sobre la educación, y sobre la naturaleza de la universidad y su papel en las sociedades actuales. Aunque escritos en su mayor parte en los años cincuenta del siglo pasado, no han quedado anticuados. Sirven más que nunca para la reflexión ahora que la enseñanza universitaria tiene que acomodarse a las exigencias del Espacio Europeo de Educación Superior.

El modelo de Oakeshott es el sistema educativo anglosajón, y hay que tenerlo en cuenta al leer este libro. Sin embargo, se descubre que ese sistema es el modelo tradicional de las artes liberales -de ahí el título del libro-, es decir, el que ha ido formándose a lo largo de siglos desde el nacimiento de las universidades en Europa. Oakeshott reivindica la naturaleza artística -práctica, en sentido estricto- de la enseñanza, su institucionalización en la relación del maestro y el discípulo, y no en la de del experto y el alumno.

Aprender constituye el precio que hay que pagar por ser humano, sostiene Oakeshott. De esa forma, cada uno adquiere su identidad. Por esto mismo, aprender no es memorizar información, hacer acopio de conocimientos, sino “formarse” como persona. Oakeshott sostiene que la universidad no es un máquina que sirve para producir un determinado resultado -hacer abogados, científicos, etc.-, sino una actividad humana centrada en la “búsqueda del conocimiento”. Por eso es el lugar propicio para hacerse preguntas, tal vez las más importantes, para recibir sugerencias y ampliar el horizonte intelectual.

Hay un punto interesante en este libro: la diferenciación entre escuelas técnicas, enseñanza de oficios y de información, y universidad. No se trata de una distinción elitista. Para Oakeshott la diferencia es de naturaleza. Y es cierto que se está produciendo -ahora ya, más bien, consumando- la “tecnificación” de la universidad, que ya no persigue introducir a los alumnos en la cultura -en esa conversación con los sabios-, sino “socializarles”, hacerles útiles.

Oakeshott sostiene que la universidad no es un máquina que sirve para producir un determinado resultado -hacer abogados, científicos, etc.-, sino que una actividad humana centrada en la “búsqueda del conocimiento”. Por eso es el lugar propicio para hacerse preguntas, tal vez las más importantes, para recibir sugerencias y ampliar el horizonte intelectual. Desde esta perspectiva más intemporal adquieren sentido las diversas disciplinas científicas, no atadas a la actualidad más inmediata, sino relacionadas con la sabiduría y la búsqueda de sentido.

Y no hay más remedio que darle la razón cuando concluye uno de estos artículos señalando que la universidad habrá dejado de existir cuando su aprendizaje haya degenerado en “mera instrucción” y cuando quienes acuden a ella no busquen su destino intelectual sino “una calificación que les permite ganarse la vida o un certificado que les permita participar en la explotación del mundo”.