La voz cantante

Eloy Tizón

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Anagrama. Barcelona (2004). 188 págs. 13 €.

Eloy Tizón (Madrid, 1964) va paso a paso consolidando un prestigio de escritor-promesa. Esto es sobre todo gracias a que emplea un estilo fluido y elegante, alejado de modas imitativas de la oralidad, casi siempre empobrecedoras; a la vez, ha conseguido expresar la tradición con sensibilidad y exactitud. En su primer libro de relatos (Velocidad en los jardines) y en las dos breves e intensas novelas anteriores (Seda salvaje –ver servicio 21/96– y Labia) ha primado al lenguaje sobre la fábula y aquí puede encontrarse su principal debilidad: el tenue interés de lo que cuenta. En La voz cantante, escrita con un castellano más que notable, vuelve a incurrir en el mayor enemigo para la fidelidad del lector, el aburrimiento.

Un solitario profesor, soltero y sexagenario, rememora una vida donde el principal acontecimiento fue una intensa y fallida historia de amor (hija única y rica, joven pobre, papá de la hija poco dispuesto). A estos recuerdos se unen los de su infancia, que concentra en un episodio en casa de sus abuelos que se salda con el sacrificio de una gallina a la que tenía especial inclinación, y los de su primera juventud, en la que no encontró mejor modo de respetarse a sí mismo que arriesgar su vida en la cornisa de una azotea con los ojos vendados. El hilo conductor de estos tres momentos (gallina, cornisa y Mónica), que se completan con la crónica de una vejez anodina y crepuscular, es una supuesta presencia del diablo que se hace presente en un momento decisivo de las tres secuencias. Ni el elemento romántico ni el de intervención de espíritus consiguen emocionar al lector que ve cómo, otra vez, Tizón escamotea el caramelo y le ofrece un lujoso envoltorio.

Javier Cercas Rueda

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