La vida invisible

Juan Manuel de Prada

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Espasa. Madrid (2003). 533 págs. 22 €.

En La vida invisible, novela con la que ha obtenido el Premio Primavera, Juan Manuel de Prada (1970) abandona los ambientes de la bohemia literaria para indagar en problemas de nuestro tiempo.

El escritor Alejandro Losada, poco antes de su boda, emprende un viaje a Chicago para impartir una conferencia. Lo que le sucede durante el viaje y la estancia cambiará no sólo su concepción de la literatura sino hasta su propia vida. Durante el vuelo, conoce a una joven, Elena Salvador, que resulta ser una empedernida lectora de las novelas de Losada y que viaja para reencontrarse con su novio. Los dos volverán a encontrarse casualmente en el retorno, después de que Elena hubiese vivido una experiencia absolutamente frustrante, que dejará huella en su débil y desquiciada personalidad.

En Chicago, Losada conocerá a Tom Chambers, ex combatiente del Vietnam que ha consagrado su vida a reparar los daños que causó en la que fuera uno de los mitos eróticos de los años 50, Fanny Rifle. Chambers desea que Losada escriba los oscuros años de penalidades de Fanny, desconocidos para el gran público.

Alrededor de Alejandro Losada pivotan los dos focos de atracción de la novela, que según avanza la historia presentan indudables paralelismos. La historia de Fanny Rifell es una historia de tragedias, depravaciones y fracasos, que acaban provocando la caída en la esquizofrenia con unas estereotipadas implicaciones religiosas. La vida de Elena Salvador a su regreso a España es también un paulatino descenso en el mundo de la locura, del que intentará salvarla Losada.

Con estas dos historias, y la transformación agónica del narrador, el propio Alejandro Losada, Prada ha escrito una novela mucho más introspectiva que las anteriores, donde reflexiona sobre el peso de la culpa y la expiación. Esta obra tiene una ambientación y temas muy sombríos, pero su propósito es, desde lo más bajo, aspirar a la pureza. Y es en esta opción estética, un tanto rebuscada, donde vuelven a aparecer los temas preferidos de Prada y sus obsesiones literarias.

En primer lugar, se aprecia un gusto por los elementos propios de la subcultura, en este caso de la americana, con el trasfondo de la degradante vida de una estrella de la pornografía, con la morbosa recreación de ambientes marginales, oscuros, sórdidos. Prada encarna en Fanny tanto la abyección como la pureza, rasgos clásicos pero excesivamente literarios (la huella de Dostoievski es evidente), que le sirven para reflexionar sobre la turbiedad de las pasiones y la fascinación por la perversidad. Ya en 1996, poco tiempo después de la aparición de su exitosa novela Las máscaras del héroe, respondía así en una entrevista: “Me interesa el sexo como algo oscuro, pecaminoso, tortuoso (…). El sexo como algo alegre, luminoso y paradisíaco me parece que en arte da poco juego. Todo eso, unido a mi vocación por el esperpento o mi tendencia al absurdo, da como amalgama esas situaciones sexuales que están entre lo perverso y el mundo de las pesadillas. En definitiva, nace de una intencionalidad de recuperar el concepto de pecado con fines literarios” (revista Clarín, marzo de 1996).

Pero esa vida auténtica que tanto se anhela (la otra cara de las vidas de Fanny y Elena), y que es la antítesis de la enfermedad de la literatura, acaba siendo un ejercicio estilístico y no una consecuencia de un sincero cambio vital. Por eso, a pesar de las buenas intenciones (la novela es un trágico descenso a los infiernos con ansia de redención) y de algunos momentos logrados, ni los personajes ni la rocambolesca trama consiguen emocionar. Entre los dramas que se entrelazan y los lectores hay un muro quizá levantado por el propio estilo de Prada: de alta calidad estética pero demasiado efectista y con tendencia a lo morboso.

Adolfo Torrecilla