La verdad sobre el caso Savolta

Seix Barral.

Barcelona (1975).

463 págs.

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“La naturaleza crea infinitos tipos humanos, pero el hombre desde su origen, sólo ha inventado media docena de caretas”. La verdad sobre el caso Savolta, la primera novela de Eduardo Mendoza, refleja las relaciones de unos cuantos tipos humanos con sus caretas, con el papel que han elegido o les ha caído en suerte para interpretar la comedia de la vida social. A primera vista, y por mero afán clasificatorio, se diría que es una novela policíaca: se trata de descubrir quién es el culpable de la serie de asesinatos que envuelven a la empresa Savolta, en el marco de la Barcelona de los tiempos de la Primera Guerra Mundial, enriquecida por la paralización de toda Europa y agitada por las reivindicaciones obreras.

A lo largo de la novela asistimos progresivamente, y no sin sobresaltos, al desvelamiento de la verdad. Las bandas anarquistas y los aventureros deseosos de enriquecerse pronto, muestran la eficacia de sus procedimientos. Pero es el lector quien debe buscar los motivos y las explicaciones de los hechos que se narran, porque la novela no las da; fundamentalmente es sólo la rememoración del caso que hace uno de los protagonistas muchos años después, al volverse a abrir el proceso. La lectura de los informes de la policía, el interrogatorio al que se ve sometido y los recuerdos que van surgiendo poco a poco, componen el material de la novela.

Además, este protagonista, Javier Miranda, manifestó siempre una absoluta incapacidad para entender los motivos de lo que sucedía a su alrededor. En la época en que se desarrollan los hechos era un oscuro y mediocre pasante en el despacho de un abogado. Y lo cuenta todo con un horripilante estilo de oficinista avisado, que es uno de los grandes logros de la novela. El libro se presenta así como un documento que cada uno debe interpretar sin fiarse demasiado de lo que el propio Miranda dice, porque ya en el tono y en el modo de redactar se ve que el hombre es poco inteligente, y, a medida que avanza el relato, se comprueba que le han engañado con frecuencia.

Eduardo Mendoza ha compuesto una novela que incorpora las técnicas y los modos de la literatura actual a la tradición antigua de fabular, de inventar historias -esta es complicadísima y contiene todos los ingredientes del género policíaco-; resulta por eso difícil de encasillar.

Pero no es sólo un ejercicio de divertimento, aunque resulte entretenida. Bajo la trama aparece la histeria de la corrupción en la conquista del poder, el utopismo revolucionario que favorece a los arribistas, el marco de una gran ciudad, con sus miserias y grandezas, por la que deambulan seres sin rostro.

E incluso una meditación sobre la verdad. Miranda no es el único que desconoce lo que sucede a su alrededor, aunque esté presente. Los demás actúan también, consciente o inconscientemente, como hombres de paja, y sólo un policía obsesionado y un mendigo loco se acercarán a la raíz última de los acontecimientos, pero no llegan, o no les dejan, alcanzarla.

Los múltiples planos de la acción se ensamblan como un collage o un montaje cinematográfico, se entrecruzan, se superponen y, al final, aparece un conjunto a veces contradictorio, pluridimensional, abigarrado, retrato fiel de los intereses en pugna, y se revela el humor de Eduardo Mendoza, la complicidad con que invita a aceptar las reglas de un luego que luego resulta ser el juego de la verdad.

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