La tempestad

Juan Manuel de Prada

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Planeta. Barcelona (1997). 326 págs. 2.400 ptas.

La carrera literaria de Juan Manuel de Prada (1970) está siendo meteórica. Con su cuarto libro ha obtenido el Premio Planeta. El primer libro de Prada, Coños (1994), era un conjunto de provocadoras narraciones sobre el sexo femenino en la misma línea que Senos, de Ramón Gómez de la Serna. El siguiente, los relatos de Los silencios del patinador (1995), confirmó que Prada no era un escritor de circunstancias. Siguó su ambiciosa novela Las máscaras del héroe (1996, ver servicio 150/96), una historia metaliteraria sobre la bohemia madrileña de los años veinte, un homenaje a los perdedores de la literatura.

La tempestad supone, de entrada, un giro en la literatura de Prada. Aunque su historia también se relacione con las ideas estéticas, Prada abandona sus ingredientes más habituales: la literatura como base estética y argumental, unos personajes morbosos y enfermizos y un estilo desbordante y con tendencia a la delectación erótica.

Un joven profesor universitario de Historia del Arte se traslada a Venecia para estudiar más a fondo un cuadro que le obsesiona, “La tempestad”, de Giorgione. Sin embargo, en su primera noche veneciana es testigo de un asesinato, mientras habla por teléfono con un especialista en arte y director del museo de la Academia de la Venecia. A partir de ese momento se verá envuelto en una intriga policiaca relacionada con el mundo del arte y sus falsificadores y que salpica a todas las personas con las que se relaciona. La persona asesinada es un conocido traficante de obras de arte que era íntimo amigo del director del museo de la Academia de Venecia y de la hija de éste, restauradora de arte y personaje que ocupará un primer plano en la historia sentimental que vive el protagonista. Salvo el último capítulo, que transcurre en España, toda la acción se desarrolla en Venecia, ciudad que el autor convierte en un espacio de nebulosos ensueños, misterios y maleficios.

Varias historias se superponen en esta novela. Por un lado, el interés del protagonista por “La tempestad”, un cuadro que es, en parte, el resumen simbólico de su vida. La novela también contiene una historia policiaca con robos, desapariciones e investigaciones, y en un tercer plano aparece la preocupación de Prada por la fusión entre la vida y el arte. El contenido artístico es quizá lo más destacado, pues Prada consigue que el cuadro tenga su peso específico en la narración y en el sentido último de la novela. La intriga policiaca resulta confusa y en ocasiones se sirve de escenas tópicas e inverosímiles. La tragedia personal que vive el profesor -lo acaecido en Italia le convertirá en una persona fracasada- tampoco acaba de encajar en el desarrollo de la novela.

Prada posee un desbordante dominio del lenguaje que le lleva a buscar siempre la frase más brillante e impactante. Pero este afán por deslumbrar estilísticamente le acaba pasando factura: interrumpe continuamente el ritmo de la novela con todo tipo de frases redondas, imágenes y comparaciones.

Esa grandilocuencia provoca también que todos los personajes hablen de la misma manera, con el mismo tono y los mismos giros. Por último, el punto de vista que adopta el narrador influye en la manera de ver y comprender la realidad: el autor muestra una delectación morosa en las descripciones físicas de los personajes, especialmente los femeninos, a los que describe con una meticulosidad morbosa. Aunque en esta novela no abusa, como en las anteriores, de las escenas eróticas explícitas -que las hay-, Juan Manuel de Prada tiende a que sus personajes arrastren una sexualidad un tanto enfermiza y perversa.

Adolfo Torrecilla